miércoles, 24 de diciembre de 2008

Navidades en blanco y negro


"Papá Noel no existe", era la afirmación más escuchada en los patios de la escuela cuando las clases estaban llegando a su fin y muchos chicos adelantaban a sus compañeros lo que le escribirían en la cartita al gordo del Polo Norte. "Claro que existe, si me trajo la muñeca que quería el año pasado. Además, lo vi pasar con su trineo por el cielo". Es que hace 20 años atrás muchos estábamos seguros de haber visto alguna vez el trineo.

Las Navidades de entonces eran la fiesta del verano. El ritual empezaba a la tarde temprano. Todos a bañarse porque ¿qué pasaría si justo Papá Noel nos encontraba sucios? Pero el viejito de rojo nunca nos encontraba. Era como la búsqueda del gato y el ratón. Nosotros queríamos verlo, pero el anciano se las ingeniaba para llegar siempre cuando no estábamos en casa. A la tardecita, justo un ratito antes de que llegara la hora del corte programado por el gobierno de Alfonsín, nos vestían con los mejores vestidos. Vestidos con flores, y con moños y mariposas; sandalias Nuaret rosas y quizá algún collarcito de perlitas de plástico para estar más a tono con la fiesta. Y salíamos en patota a buscar la comida a la rotisería de Córdoba y Pueyrredón. "¿Ya vino Papá Noel?", preguntaban los porteros de la cuadra, el diariero y hasta el vendedor de la rotisería. Todavía no.


Caminábamos lento por esas calles, mirando el cielo para ver el trineo. A Papá Noel ya lo habíamos visto una vez, en la tienda de Harrods, pero el trineo no estaba y los renos tampoco. Una foto con el color desgastado ya por el tiempo es la única prueba de su existencia, la única prueba empírica, claro.


Al llegar a la puerta esperábamos. No sabíamos qué, pero esperábamos. Y no éramos los únicos. Había varios chicos esperando en el jardín del edificio. Cuando entraban ya no salían igual: volvían con un autito, una bicicleta, una muñeca o con ropa nueva. Era la pauta: Papá Noel ya estaba en el edificio.


El apuro por entrar era enorme, pero la abuela se enojaba con el abuelo que se había quedado en el departamento porque hacía mucho calor y no había querido ir a la rotisería con nosotros. ¡Todas las Navidades pasaba lo mismo! La abuela le tocaba el portero, enojada, al abuelo porque por estar en casa Papá Noel no iba a pasar. Entonces el abuelo bajaba a la puerta, con una sonrisa de oreja a oreja. No parecía estar tan cansado ni tener tanto calor... Pero si él lo decía...


"¿Lo viste?", le preguntábamos. Y siempre contestaba que había oido ruidos y que por eso había salido rápido, no fuera cosa que el gordito de barba lo viera y se asustara y nos dejara nada.


Los minutos se hacían eternos hasta que a cualquiera se le ocurría ir subiendo despacito, para que Papá Noel no se asustara si estaba. Subíamos en susurros, casi sin pisar, conteniendo la respiración. Y a los pies del sillón nuestros zapatitos habían quedado tapados de regalos, y rodeados del agua que los renos habían tirado sin querer.


Ahora nostros bajábamos también a la puerta con la muñeca, con el autito o con el libro para leer en las escalinatas. El viejo también nos había visitado a nosotros. Y respirábamos, porque eso significaba que nos habíamos portado bien. El abuelo miraba sonriendo. Era gordo, pelado y sin barba, pero así y todo ¡se parecía tanto a Papá Noel!


domingo, 28 de septiembre de 2008

Rojo de primavera

Estela vive en un edificio gris de un barrio gris como son los barrios del centro, incluyendo Barrio Norte. Estela mira enfrente, al asomarse a la ventana, otro edificio gris igual que el de ella. Estela tiene una existencia gris, como todas las personas que viven en el corazón de las ciudades. Estela se asoma a la ventana de su departamento y no ve ni siquiera un pedazo de cielo. Tampoco ve las copas verdes de los árboles porque en la calle donde vive no hay árboles.
Estela recuerda su infancia, también en Buenos Aires, pero en un barrio de casas bajas. Recuerda su patio y el aire puro que se respiraba. Estela está arrepentida de haberse mudado al centro, pero cuando lo hizo su padre eligió por ella y ahora volver a las afueras le implica un gran movimiento, dice. Pero la verdad es que Estela ya está atrapada por las garras de la Ciudad y no puede mudarse.

Estela parece una muchacha peronista: va de casa al trabajo y del trabajo a casa. No sale nunca a otro lugar. Por eso es que Estela ve gris en todas partes. Camina sobre el gris en su departamento de tres ambientes. Camina sobre el gris de la calle Lavalle para ir a su trabajo. Camina sobre el gris de la avenida Córdoba para volver a su casa. Camina sobre el gris de su oficina. Camina sobre el gris del colectivo y el gris de los taxis. Estela camina sobre el gris, ve gris, vive gris.

Estela se encierra en su casa gris y se idiotiza mirando en televisión programas también grises. Estela duerme a la noche en una cama gris y tiene sueños grises. Estela ve pasar a sus vecinos también de color gris.

En su departamento gris Estela no sabe si afuera hace calor o frío. Estela tiene que mirar bien para ver si el piso está mojado para así darse cuenta si llueve. Si no fuera por el almanaque que cuelga de su cocina, Estela no sabría si es verano, otoño, invierno o primavera. Si no fuera por la TV clavada en el canal del tiempo, Estela no sabría si está soleado o nublado.

Pero Estela tiene una planta colgada del barrote de su ventana gris. En realidad Estela tiene cuatro plantas colgadas del barrote de su ventana gris pero no todas soportan el gris del centro y se mueren ni bien empiezan a perder las hojas.

Estela no recuerda cómo llegó la planta verde a ella. Era de su madre. Es lo único que sabe Estela. Se la había regalado una vecina, que también vivía en un departamento gris, el de al lado. Estela no sabe como se llama la planta verde. Sólo que tiene hojas finitas, repletas de savia. Estela sabe que la planta verde, todos los años, cortará el gris con una flor roja. Sabe Estela que algunos años de suerte la planta da tres, cuatro, cinco flores rojas. Estela las corta y las guarda en un florero adentro de su casa porque seguro Estela tiene miedo que el gris de la calle se las termine devorando. Estela cuando ve que entre las verdes hojas de su planta verde crecer un tallo largo y duro, con un capullo a punto de brotar en la punta sabe que no falta mucho. Estela sabe que la flor roja que se prepara para nacer en ese capullo es el anuncio de que la primavera está llegando a su departamento gris, inmerso en un barrio más gris todavía.

lunes, 1 de septiembre de 2008

Las mil caras de Corrientes

Caminar por avenida Corrientes todavía guarda la mística de los años '30, aunque la Corrientes de ahora no sea la de entonces, y aunque en aquel entonces tampoco hubiera una sola Corrientes. Al decir Corrientes en Buenos Aires enseguida vienen a la mente los teatros, el glamour de las revistas, la "calle que nunca duerme", el tango en el Obelisco; por más que el glamour y el tango sean retazos del pasado. Esos resabios son los que buscan los turistas cuando compenetrados con sus cámaras digitales sacan fotos a troche y moche.
De esa Corrientes cultural quedaron las librerías de viejo, los centros culturales, los teatros menos glamorosos que antaño y las plaquetas conmemorativas que cuelgan de la entrada de "La Paz". Como el resto de la Ciudad, Corrientes ahora sí duerme. Y lo que antes era opulencia la crisis lo transformó en miseria. Así, entre la gente que circula por las librerías o hace la cola para entrar al teatro, los cartoneros revuelven la basura que sacaron los restaurantes de la zona. Basura que no es difícil encontrar dado que Corrientes, como toda la ciudad, hace rato que está muy sucia.

Pero la más porteña de las avenidas tiene y tuvo una característica: sus varias caras. Por eso, el equiparar Corrientes solamente con ese pequeño reservorio de cultura equivale a reducir la calle a tan sólo unas pocas cuadras. Además de la Corrientes cultural del Centro, está la Corrientes comercial de Once, la Corrientes de las casas tomadas en el Abasto, la Corrientes comercial en menor escala que va desde Almagro a Villa Crespo y la Corrientes abandonada que cobra vida al llegar a Chacarita para morir, ironía del destino, ahí mismo . Corrientes tiene varias caras, vive y muere muchas veces.

Alrededor de Corrientes supieron asentarse las colectividades que llegaron al país con las sucesivas inmigraciones. En los '30 la Corrientes de Once era territorio de árabes y la Corrientes de Villa Crespo reducto judío.

Con los años las distintas colectividades se fueron mezclando entre los dos barrios y por eso en el mismo tramo de la avenida se juntan el negocio de telas del patriarca árabe con el local de ropa del patriarca judío. Y en los '90 la zona de Abasto se colmó de inmigrantes de los países limítrofes que ante la escasez de viviendas que azota a la Ciudad fueron a parar hacinados a los conventillos y casas de inquilinato de la zona. Por eso Corrientes es hoy por hoy no tanto la calle que nunca duerme sino la calle de las varias colectividades.

Transitar Corrientes es ver como el panorama de la calle va cambiando a medida que se atraviesan los barrios. Porque cada barrio le da su identidad propia a Corrientes. Del reducto intelectualoide uno se adentra en el bullicio de los vendedores ambulantes y los locales uno al lado de otro de Once. El bullicio y el olor a pochoclo de a poco se pierde y el paisaje se vuelve tristemente decadente: una casa derruida con chicos asomados a las ventanas, mirando el shopping, veredas rotas, pocos negocios, desolación. Luego los comercios resurgen al llegar a Almagro, de forma un poco más chic que en Once y con menos densidad. Continúa así hasta Villa Crespo, muere, revive en la intersección con Scalabrini Ortiz, vuelve a morir y resucita con el bullicio frente a la estación Lacroze, ahí nomás del Cementerio de la Chacarita, donde muere para siempre. Curioso fin el de la avenida más famosa de Buenos Aires.

lunes, 25 de agosto de 2008

Zapatos viejos

Entrar a la zapatillería de Córdoba y Boulogne Sur Mer era hasta hace dos meses viajar en el túnel del tiempo. El olor a viejo se sentía en el aire, en el piso de madera lleno de tierra y en los posters promocionando marcas de zapatos y zapatillas que quedaron olvidados en las paredes durante más de 30 años.

Los grandes ventanales de la casa, cuya planta baja fue convertida en zapatería hace tanto tiempo que nadie en el barrio recuerda, exponían zapatos y chinelas como los que usan las abuelas o las que usaban los jóvenes en los 80. Las cajas de las Pampero se apilaban al lado de las de alpargatas y según las publicidades gráficas a las que el comprador se enfrentaba cada vez que iba a probarse un calzado allí todavía podían encontrarse las sandalias Nuaret con un reloj de Alf de regalo aunque el siglo XXI estuviera ya bastante avanzado.


Al entrar al local enseguida el dueño se ponía de pie. Él y su hijo se encargaban de la zapatería y entre los dos sumaban alrededor de 150 años. El mayor rondaba los 90 pero aún así seguía atendiendo el local que parecía haberse quedado en el tiempo. Y cuando ya no pudo moverse demasiado su hijo, de alrededor de 20 años menos era el encargado de alcanzar las cajas mientras que el viejito, sentado en una silla de madera, daba la opinión sobre cuál era el mejor modelo para cada pie.


Los dos se complementaban y si bien los calzados que vendían habían pasado de moda hacía rato, los vecinos a la hora de comprar alpargatas, chinelas u ojotas de las más comunes preferían ir al local de "los viejos" porque era garantía de ser bien atendido y nadie salía de allí sin probar siquiera una tacita de café.


Los dos ancianos esperaban sentados que alguien cayera al negocio, uno al lado del otro. Uno en una silla y semidormido, apoyado en el bastón, y el otro mirando siempre a la calle. Los vecinos entraban y aspiraban el olor a viejo, y retrocedían en el tiempo ante las publicidades viejas, ya amarillas, y las cajas de zapatos llenas de tierra. El progreso no había llegado a esa zapatería. Y a los vecinos no les importaba. Si querían moda, tenían miles de zapaterías para elegir por Santa Fé. Pero si querían sentir el tiempo detenido en un par de zapatos viejos, iban al local de "los viejos".


Uno se sentaba en la silla de madera, corriendo un poco la tierra y esperaba que alguno de los dos alcanzara la caja de cartón con el modelo elegido. No importaba esperar varios minutos hasta que los viejitos, lentos, volvieran con el recado. Es que uno se entretenía viéndolos conocer el local como la palma de sus manos, porque a pesar de que las cajas se mezclaban por todos lados, ellos sabían a dónde ir para dar con el calzado justo; y si era necesario subirse a una escalera o agacharse hasta el piso para conseguirlo, lo hacían. Luego, el comprador se miraba en un espejo antiguo, con bordes de madera, que estaba apoyado en un mostrador también antiguo y también de madera.


No tenían tarjetas, sólo efectivo, y todo allí era más barato que en cualquier otro local que vendiera cosas similares.


Hace unos años al entrar los vecinos se dieron cuenta que el dueño, de 90 y tantos ya no estaba. No hizo falta preguntar qué había pasado con él porque todos lo imaginaron. El hijo, que ahora era el único viejo, siguió haciéndose cargo del negocio sin cambiar la esencia. Todo ahí estaba igual, sólo faltaba aquel anciano de bastón que desde hacía un tiempo controlaba todo desde la silla de madera. El hijo hacía resistencia al progreso en su viejo local de madera.


Pero contra el progreso no se puede porque tarde o temprano gana la batalla porque los guerrilleros que tratan de detenerlo tienen sus caídas. Hace dos meses que la vieja zapatería tiene el cartel de venta en la puerta, la zapatería y la casa de "los viejos" que estaba arriba. Probablemente y dado el boom inmobiliario que vive la ciudad alguna empresa constructora la compre para derribarla sin importarle que ese local vetusto alguna vez contuvo la historia en un par de zapatos.



lunes, 11 de agosto de 2008

Sur, paredón y...

El sur también existe, y llega mucho más lejos hoy por hoy de San Juan y Boedo. Es más, San Juan y Boedo, terruño chico de malevos y gángsters en los tiempos de furor del tango es hoy un reducto chic de tangueros top que en la esquina que hizo famosa Manzi ganan sus buenos dólares gracias a los contingentes de turistas.

Pesadumbres del barrio que ha cambiado... Pompeya conserva quizá en algún lugar los zanjones y pastizales (difícil saber si con alfalfa porque las bolsas de basura los cubren todos), pero ya las luces de los almacenes no iluminan las veredas. Es raro encontrar en Pompeya un almacén abierto mucho más allá de las siete de la tarde. Tampoco es común encontrar gente esperando en las veredas. Las calles de Pompeya se han vuelto desoladas, más aún que la nostalgia del tanguero que recordaba el beso de su amada flotando en el adiós. La gente vive tras las rejas, y la paranoia colectiva se adueñó del barrio: "No te metas por los pasajes", "Sólo podés transitar tranquila por la Avenida. Sáenz", "Cuidado al tomar el colectivo", "No te acerques al puente Alsina".

El paredón cada vez más oscuro se cubrió de chicos de seis años como mínimo fumando paco, viendo pasar el tren y la vida frente a sus narices. Se sientan con la espalda apoyada en las paredes de las fábricas ya abandonadas casi todas y sus ojos se pierden en el corto horizonte del barrio, envueltos en el humo tóxico que sale ahora no de las chimeneas sino de sus propios cigarrillos. Otros cuelgan medio cuerpo por sobre la reja que separa el terraplén de la vía. No miden el peligro, porque estos chicos ya no juegan al balero como los de antes. Estos chicos ya no juegan.

Pompeya, barriada humilde de trabajadores es ahora también una zona marginal. Familias sin techo tomaron las fábricas abandonadas, los asentamientos urbanos florecen donde alguna vez supo crecer la alfalfa y la villa que se ubicó en el límite con Barracas no para de aumentar de tamaño con cada crisis. Más que de obreros, Pompeya es un barrio de desocupados en el que recayeron inmigrantes que trabajan para algún explotador por dos pesos la hora.

Al olor hediondo del Riachuelo que se esconde tras los paredones se suman las otras inundaciones no menos hediondas de las calles sin cloacas, de las aguas estancadas que quedaron en algunas calles de tierra luego de la última tormenta, de las mangueras de las casas pobres que refrescan a los niños que se pasean en short y musculosas ajadas durante el verano.

Los fines de semana las calles se pueblan de ferias. Uno camina por Pompeya y de a poco ve como el paisaje va deteriorándose hasta llegar a un limbo entre la ciudad asfaltada y la villa de tierra. De a poco se adentra uno, sin darse cuenta, porque el deterioro es de a poco también. Y en esos lugares de transición, bajo la sombra de algún edificio fabril raído por el tiempo, se forman las ferias donde los vecinos nuevos conservan los lazos comunitarios de los vecinos de ayer. Pastelitos por un peso, medias por cinco, chipá por dos... De todo se vende en las ferias y hasta aceptan el trueque en muchos casos.

Herreros quedan poco, porque los oficios se fueron perdiendo. Pero la esquina sigue siendo un lugar clave de encuentro. Eso sí, hasta que la luna aparece ya que la gente corre enseguida hacia adentro de sus casas. Como antaño, las estrellas iluminan Pompeya porque el alumbrado público casi no existe en el sur. Los cielos perdidos y las nostalgias abundan en el barrio de tango; sin embargo en los batones gastados de algunas vecinas charlatanas y en las tardes de bar pasadas de alcohol de los hombres el viajante puede ver que todo ha muerto... y no.

viernes, 8 de agosto de 2008

Blancas palomitas

Ir a la escuela pública hasta por lo menos fines de los años '80 era un orgullo para la clase media. El primer día de clases era en todas las familias más o menos igual. El guardapolvo blanco esperaba colgado de la percha, almidonado y con las tablas planchadas perfectas. Luego, sección peluquería y las nenas no zafaban de las dos trenzas o colitas, prolijas y con cinta blanca, y los nenes no escapaban a la raya o al corte con taza.
"Alta en el cielo una águila guerrera..."; y las clases empezaban. Con las gomas de animalitos, los lápices con dibujos y las cartucheras de He-man o Frutillitas. Los chicos leían de los libros de lectura y en los recreos se jugaba a todas las manchas, a la marinerita, a la rayuela. Sólo se discutía por quién hacía de San Martín en el acto, quién de Merceditas. La maestra era realmente una segunda madre a la que incluso la invitábamos a los cumpleaños. Cumpleaños que se celebraban en las casas, con bonetes, bolsitas de cotillón como souvenir y con la música de María Elena Walsh o "La batalla del movimiento".

Nadie salía del colegio si no estaba el padre/tutor o encargado esperando en la puerta... Y sólo esperábamos al salir no ser los últimos. Los ojitos desesperados buscaban a la mamá, el abuelo, el vecino... Y nos íbamos felices sabiendo que en casa nos esperaba el café con leche en compañía de Los Pitufos.

Veinte años pasaron y ya nada es igual... nada es mejor tampoco. Los guardapolvos con tablitas quedaron guardados en los baúles de los recuerdos de las madres y abuelas. Las nenas jamás se dejarían hacer las trenzas y ni hablar de los cortes taza. Los juegos tampoco son los mismos. La diversión es pelearse por la violencia misma. La música de la infancia de ahora no es la de la suave María Elena sino la de cualquier rocker de moda, ni los programas de TV la cultura naif de antaño. La merienda hoy se toma junto con el caño de Bailando por un sueño.

Quizá por la privatización de la vida que se produjo en los '90 ya no se festejan los cumpleaños en las casas sino en los insípidos peloteros, donde ni siquiera hay calor de hogar.

Las costumbres cambiaron, la infancia no es la misma. Quizá la nostalgia hace que veamos el pasado como un tiempo mejor. Pero a veces la realidad que los noticieros nos muestra da la pauta que a veces sí todo tiempo pasado fue mejor realmente

lunes, 28 de julio de 2008

El jazmín de la abuela Viviana

Doña Viviana, o la abuela Vivi, como la conocían en Versalles, se sentaba todas las tardes en el patiecito frente a su casa. Sacaba la silla, un paquete de galletitas y su infaltable tejido. "¡Qué tal, doña Viviana! ¿Cómo se siente hoy?", le preguntaban los vecinos que pasaban por la puerta. Muchos se quedaban hablando largo y tendido. Es que la abuela Vivi era, sino la abuela del barrio, al menos la abuela de la calle Nazarre.
Su edad era un misterio, ni ella la recordaba. "Me confundo -decía- porque cuando me trajeron de España mintieron la edad para que pudiera viajar sola". Pero más o menos todos le calculaban unos noventa años, como mínimo. Vino de la madre Patria a los 14, y se instaló definitivamente en Versalles desde entonces, cuando las calles aún eran de tierra y el barrio recién había sido loteado.

Se casó con un albañil comunista, fundador de La casa del pueblo del partido en el barrio, y tuvo cinco hijos y una vida sin grandes sobresaltos. Sus ojos celestes y el cabello blanco daban toda la imagen de una abuelita afable. Hasta en aquellos días donde la humedad de Buenos Aires hace que todos los huesos del cuerpo se anuden hasta doler se ocupaba de cuidar su jardincito lleno de malvones y jazmines. La planta de jazmín era su orgullo. Y la admiración y sana envidia del resto. Ella lo sabía, por eso siempre repartía jazmines a todos los que se paraban a hablar, cerca de por medio. Es que su planta aromatizaba toda la cuadra.

Entrar a su casa para todos era un misterio. Es que ella no usaba el comedor. Siempre lo tenía con la luz apagada y recibía en el patio, o en el patio techado que estaba entre la puerta de entrada y la cocina. El comedor era una pasadizo oscuro, lleno de muñecas de porcelana de principios de siglo.

A la abuela Vivi le encantaban los chicos, los bisnietos propios y ajenos. Así que a todos los hacía pasar a su casa, y descubrir el boscoso fondo, lleno de hortalizas. Pero cuando se quedaba sola aprovechaba todo el sol con su silla favorita y veía pasar la gente desde adentro. Era chiquita, pero con los años se fue achicando cada vez más. En cualquier momento algún distraído podría confundirla con alguno de los enanos de jardín que engalanaban la humilde casa, hecha con las propias manos de su marido... como se hacían antes las casas.

En los años 60 quedó viuda, y sus hijos ya de a poco iban levantando vuelo. Algunos se quedaron en el barrio, pero otros migraron a barrios más comunes. Porque vivir en Versalles no es común: poca gente sabe ubicarlo en el mapa y lo confunden con Devoto. Desde entonces fue aprendiendo a estar sola y no, porque el barrio entero fue su compañía.

Cuando el peso de los años se hizo sentir con fuerza, empezó a salir al patio con su bastón. Y así y todo siguió atendiendo su jardín. Cuando las piernas le empezaron a fallar aún más, tanto que no la sostenían, si los vecinos la veían en el piso abrían la cerca para levantarla. Porque en aquellos tiempos y en ese barrio, las cercas nunca estaban cerradas del todo.

Veinte años pasaron casi desde que Doña Viviana dejó para siempre su jardín florido de Versalles. Los vecinos la recuerdan todavía y les cuesta reconocer en la casa despojada que hay ahora la casa de la abuela. Si bien la casa sigue en pie, las topadoras del progreso pasaron por encima del jardín, y donde antes había dos grandes lotes de tierra bien sembrada ahora hay dos grandes lugares para guardar dos grandes autos.

Del jazmín no quedaron ni las ramas. Pero el olor en el barrio se conserva porque no hay vecino que no tenga plantado en su pequeño jardincito un pedazo del jazmín de Viviana.

domingo, 27 de julio de 2008

Cartas

¡Hola, Amiga! Te cuento que no voy a poder salir el finde porque voy
atrasadísima con Comunicación 3... ¡Rindo el martes y me faltan tres
unidades!

"Mañana tengo que ir a Tribunales a hacer un trámite. Espero por lo menos
encontrar un abagado, un fiscal, un juez..o aunque sea un delincuente y/o
corrutpo. Algo que lleve pantalones porque esta carencia me está matando".

"Volviste de tu pueblo? Me tienen que hacer un fondo de ojo para ver el aumento
de los lentes... Espero que por lo menos el médico sea joven y esté bueno"

"Ayer se me acabó la pasantía. No lo siento, ya no aguantaba tanta explotación.
Ahora a buscar otro trabajo"

"Ya no aguanto más estar encerrada en casa. Los días pasan y no consigo nada.
Tanto estudiar y el título me lo voy a meter en el culo... Haremos fila en los
baños el día de nuestra graduación"

Las cartas son pedazos de uno. Atesoran recuerdos, fragmentos de nuestra vida pasada. Leyendo cartas de color ocre uno se entera de los viajes de las tías, de las bisabuelas que escribían desde "estas doradas arenas marplatenses" con foto incluida, contando todo lo que hacían en el día. Quizá algunos afortunados atesoren cartas de amor que recibieron ilusionados.
No hay nada como desempolvar el papel viejo, cubierto por el polvo y ajado por el tiempo. Por más tecnología que se invente, el mail jamás reemplazará esa sensación que se sentía cuando abríamos una carta... La incertidumbre de ver rápido el remitente y luego romper el sobre con cuidado para leer el contenido. Con el mail ese ritual añejo se perdió: ya no olemos el papel y el remitente lo descubrimos en un santiamén. Pero si algo conserva el mail cuando se lo usa epistolarmente es la posibilidad de hacer un recorrido por la vida de una persona, con una ventaja ante la carta: tenemos los que recibimos, pero también podemos leer los que enviamos.
Es como un diario íntimo de la cotidianidad, porque escribir un mail no es algo excepcional como lo era escribir una carta. Así, como si fuera un diario, podemos ir recorriendo nuestra propia vida, ver como los años nos arrasaron, lo que el tiempo se llevó, lo que fuimos y lo que somos. En los mails escritos cuando habíamos pasado la barrera de los 20, pero los 20 estaban más cerca que los 30, se puede leer el candor, los sueños... Y uno siente envidia al ver que las únicas preocupaciones eran salir los fines de semana, aprobar los parciales, y conseguir un novio. Quizá había problemas graves, pero se los trataba con humor y esperanza.




"Tengo mucho tiempo libre porque estoy desocupada, así que podemos arreglar para
salir cuando quieras. Todavía no encontré nada, pero seguro con el título todo
será diferente y lo haré".

El tiempo fue pasando y en cuestión de años ese candor se pierde. Los mails se vuelven más sombríos y si hay humor es con un dejo de ironía, triste ironía.



"Ya no me aguanto más, el tiempo me sobra, no sé que hacer. A veces me pregunto
para que mierda elegí estudiar, capaz que si no lo hacía hoy estaba
mejor. Veo hacia delante y todo lo veo negro".

Si se lee detenidamente uno se da cuenta de la metamorfosis del ánimo a través de la escritura, del pasaje de la luz a la oscuridad, de los ventipico más cerca de los veinte a los veintipico bordeando ya los 30.
Los mails parecen más fríos que una carta, pero según quien los escriba pueden tener la calidez de un diario, de un registro detallado de nuestras vidas. Leer el archivo de mails es enfrentarse de cara al pasado, ver la persona que uno fue hace quizá no tantos años, y comparar con la que se es ahora. De lo que fuimos, sólo queda esas cartas en soporte informático.

lunes, 14 de julio de 2008

En el Cervantes

Llueva o truene. Haga calor o haga frío... Todos los días ella vive en la puerta del Teatro Cervantes. A pesar de su cabello entrecano y de la mugre de la calle conserva su coquetería intacta. No dice la edad, se presenta como artista y lleva a todos lados su colección de sombreros. Todos los días lleva puesto uno distinto.
Desde abajo de su sombrero mira a las personas que pasan. Y las personas que pasan no conocen su historia, absortos todos en sus problemas.Para ellos es una linyera más. Pero ella no es una linyera cualquiera. Es un artista, dice, que trabajó en el Cervantes durante años y por eso no abandona por nada del mundo ese lugar.
Varias veces el Gobierno le ha ofrecido pasar la noche en un parador para mujeres sin techo, le han ofrecido subsidios... pero ella no acepta. Afirma ser feliz en su rinconcito, bien cerca del teatro que casi casi, dice, la vio nacer.
Si uno se detiene a escucharla cuenta historias de funciones memorables, de otros tiempos más memorables todavía.
No larga prenda de qué pasó con su casa, si alguna vez la tuvo. Dice que su casa está en ese lugar, que lejos del teatro moriría.
La gente del teatro la conoce, los vecinos también. Por eso nunca le falta el plato de comida y ella en agradecimiento sueltan algún recuerdo que guarda en el baúl de su memoria.
Llega la noche y se va a dormir, cubierta entre cartones y telas, con sus sombreros como única compañía.

miércoles, 2 de julio de 2008

Domingo de shopping por la tarde

Ya no se escucha el chirriar de los carruajes que llevaban las frutas y verduras. Tampoco el paso rápido de las ratas, ni los tangos del Zorzal escapándose por las ventanas de los trabajadores que se asentaron a su alrededor. Del viejo Mercado de Abasto apenas quedó su estructura. Los pisos blancos y brillantes, las escaleras mecánicas, el olor a pochoclos del parque de niños, las bolsas de compras de una clase media que en 1934 cuando se inauguró el edificio jamás se hubiera acercado a ese barrio de compadritos, contrastan con aquel pasado de tangueros y malevaje. Las voces de los vendedores ambulantes y los chicos jugando en la vereda, y el rumor de los carros se callaron cuando el Consejo Deliberante decidió en 1984 cerrar el mercado para siempre. Como todo pueblo que surge en torno a una industria o a una empresa, cuando el mercado cerró, el Abasto se convirtió en un barrio fantasma. Del edificio abandonado huyeron hasta las ratas, pero los conventillos quedaron firmes a su alrededor con un tendal de desocupados e inmigrantes que llegaron a la ciudad y encontraron en las piezas de alquiler de la zona un lugar para vivir bajo un techo medianamente digno (pocamente digno).

Ese lugar extraño donde Balvanera se transforma en Almagro, al que el mercado le dio un nombre propio, se transformó en un lugar prohibido: "Por Corrientes no vamos, está lleno de delincuentes", "¿El Abasto? Ni loca paso por ahí. Desviemos". Hasta un diario lo tituló como "El Bronx porteño" y le endilgó ser un antro de drogas, prostitución y marginalidad. Mientras tanto, el viejo edificio art decó soportaba estoico el paso del tiempo, transformado casi como una casita del terror, aunque estaba cerrado hermético. Era el símbolo de la decadencia del barrio.


Y llegaron los frívolos '90 con la cultura shopping a la cabeza. Y cuando los 90 declinaban a un intendente de la ciudad, devenido Jefe de gobierno, se le ocurrió el plan para "salvar" al barrio de la marginalidad: hacer del viejo mercado un shopping "para unos pocos", para pitucos. ¿Qué hubiera pensado Gardel?


Así, el mercado que hizo famoso al mundo Tita Merello con la película homónima se convirtió por arte del capitalismo en un centro comercial mucho más cool que el de antaño, sin olor a frutas podridas; con olor a ropa nueva y perfume francés.


Por esas ironías posmodernas de la historia el barrio de Abasto se convirtió en las lomas de San Isidro parte dos, en la típica postal latinoamericana donde pobreza y opulencia vergonzosa conviven cínicamente una junto a la otra: la villa al lado del country, en este caso, el shopping de no menos de 200 pesos la remera al lado del conventillo donde 200 pesos es la entrada de dinero de cada familia.


Los sábados y los domingos las 4 x 4 estacionan en las calles del barrio y las señoras bajan dispuestas a reventar la tarjeta de crédito. Los niños de los conventillos miran desde afuera la riqueza. Apenas pueden refrescarse las cabezas en las fuentes durante el verano. Eso sí, en las fuentes que están en la calle porque a diferencia de hace tres cuartos de siglo, chicos del barrio a este centro comercial no entran. La seguridad les veda la entrada y ellos se conforman con ver -la ñata junto al vidrio- el despilfarro ajeno en el corazón de su barrio. La clase media gasta dinero adentro y los chicos pobres gastan la vida mirando ese mundo de consumo inaccesible. Los opuestos parecen atraerse pero no juntarse, separados por una pared invisible.


Los intrusos le temen a los originarios del barrio. Al salir del shopping agarran fuerte las carteras y las bolsas y miran con desconfianza a los nenes que en la entrada les piden una monedita. Los nenes en cambio miran con curiosidad ese mundo que les está vedado. Los visitantes al salir se encontrarán sobre Anchorena con un clon de Gardel entonando un tango, las casas fileteadas, parejas bailando a cambio de los dólares de los turistas, cantinas típicas y fotos añejas del viejo barrio. Una parodia patética, pasada por el tamiz de una posmodernidad cool, de una historia que pasó.

viernes, 6 de junio de 2008

El último viaje de Esthercita

Los ojos se le achican a través de la ventanilla. Hace mucho que no ve el cielo, la calle, que no siente el aire sobre la piel. La última vez que hizo ese trayecto de manera contraria fue hace una semana, pero no lo recuerda. Iba profundamente dormida en la camilla de una ambulancia.
"Es la última vez que veo el barrio", dice. Y nadie le cree porque a pesar de sus ochenta y tantos tiene una salud de hierro. Está susceptible por la reciente internación, y por no haber salido durante meses. "Las únicas salidas que hago desde hace un año son al hospital", tira sin recordar que hace más de quince años decidió guardarse en su casa porque ya no podía caminar derecha.

En la silla de ruedas, tapada con un frazada gris y de cara a la ventanilla de la ambulancia que la lleva de Barrio Norte a Flores, donde está su nuevo hogar, mira el recorrido. Por momentos sus ojos se entrecierran de sueño, pero hace el esfuerzo por abrirlos y mirar. Se asombra al ver "la mercería" que pusieron en Plaza Houssay, como bautizó a la feria artesanal. Le da pena ver que la fuente de la plaza Monseñor D'Andrea no anda y recuerda que en esa plaza cuando estaba llena de flores su nieta se sacó las fotos de los 15. Ahora lo que era pasto es pura tierra.

Cuando llega al ruido de Gaona se asusta por los bocinazos y un taxista que se baja del auto dispuesto a golpear a otro tipo. Se ríe porque le parece raro. Hacía décadas que no veía una escena así en un semáforo.

A medida que entra a Flores todo le parece extraño, aunque Esthercita nació a pocas cuadras de ahí, en el barrio de Versalles cuando las calles todavía eran de tierra; y aunque cuenta como hazaña que cuando era joven se iba caminando por la Rivadavia en tacos punta aguja desde la estación de Liniers hasta Caballito. Pero, claro... en más de medio siglo los barrios cambiaron y ya apenas recuerda las calles del suburbio que la vio nacer. Con los años la memoria suele jugar esas malas pasadas.
Ya está en la esquina, sobre la calle Bolivia, y no reconoce tampoco. "Ya estamos", escucha. "Este es mi último viaje, y lo hago en ambulancia", dice.

martes, 27 de mayo de 2008

Patria es humanidad

Hace 198 años el primer grito solapado de independencia salió de Buenos Aires y fue llevado por Mariano Moreno a los pueblos del interior. O al menos intentó hacerlo. Claro que esa Buenos Aires no era la misma que ahora: ocupaba apenas unas cuadras de lo que hoy es Barracas, San Telmo y Monserrat. Pero en esas pocas manzanas por primera vez se habló de la Patria.
Hay patrias grandes, patrias chicas. Patrias generosas, patrias injustas. Patrias que son barrios, patrias que son países, patrias que son un continente entero. Hay tantas patrias como personas. ¿ Pero qué es exactamente la patria?

"Patria es humanidad", decía José Martí. Y no hay definición de patria que resuma mejor el espíritu de los revolucionarios de mayo de 1810. El espíritu de Castelli, de Moreno, de Belgrano, de French y Beruti... Ellos pensaban una Argentina (aunque todavía no la llamaran así) esencialmente humana. En ese país idílico que imaginaron alguna vez no habría diferencias entre los burgueses, criollos, entre los negros, los indios. La propiedad de la tierra sería repartida. No habría latifundios. La prensa nos haría libres y la educación sería el principal deber del estado, porque sin educación no habían democracia e igualdad posibles.

Para ellos la Patria era sinónimo de libertad, de autodeterminación. Esa humanidad que caracterizaría al nuevo estado, al hombre nuevo, sería la Patria. Una Patria que contuviera y no que expulsara, una Patria que fuera un lugar de llegada, una Patria que nos hiciera humanos.

¿Quedó algo de aquel sueño? Belgrano, Moreno, Castelli, ¿fueron vencedores o vencidos? A su manera vencieron cuando casi 200 años después muchos eligen levantar de nuevo sus banderas. Pero son vencidos cada vez que la desigualdad mata a un hombre de hambre, cuando los niños en lugar de ir a la escuela tienen que salir a trabajar, cuando la burguesía terrateniente se empeña en seguir con sus enormes latifundios y para todo un país porque no acepta que se les aplique un impuesto absolutamente progresivo.

¿Ellos sabrían que perderían? Imposible saberlo. Lo que importa es que, hombres como nosotros, intentaron el cambio y trataron de darnos unas bases para el desarrollo de la Nación.

En "La revolución es un sueño eterno", la exquisita novela histórica en la que Andrés Rivera relata los últimos días del orador de la Revolución, Juan José Castelli, éste se pregunta en un soliloquio:

"¿Juré, de rodillas en la sala capitular del Cabildo, que no iría más lejos que mi propia sombra, que nunca diría ellos o nosotros?

Juré que la revolución no sería un té servido a las cinco de la tarde".

¿Acaso la revolución fue sólo eso? ¿Algo tan intrascendente como el aristocrático té que se toma a las cinco de la tarde? En nosotros está que no lo sea.

viernes, 23 de mayo de 2008

Dulce María

Yo no tengo la culpa, señorita. Yo no quisiera que mis hijos vivieran ahí porque es peligroso, vio. Yo sé que se me puede escapar alguno, y el tren no perdona. Pero no tenía otra. Alquilar, con los chicos, no me alquilan. Ni siquiera una habitación roñosa en un hotel. Tampoco podría pagarla. Por una sin baño ni cocina te piden 500 pesos... ¿Cómo puedo pagar yo 500 mangos una pieza? ¡No comemos! Entonces, prefiero el rancho acá, al costado de la vía. Ya vinieron muchas asistentes, señorita, y todas me dicen: "Dulce María, usted no puede seguir acá, es peligroso para sus hijos y usted". ¿Pero a dónde me puedo ir? Espero que el plan me ayude, a que por lo menos lo que junto del cartón me sirva para poder pagarme algo... y con el plan comprar la comida, vio... Pero se hace difícil con cuatro niños y sola.
¿Si en Bolivia estaba mejor? No. Estaba igual. Lo único que el rancho ahí era en las afueras de la ciudad, lejos del tren... ¿Pero sabe una cosa? No me arrepiento de haberme venido. Extraño, sí. Pero allá mis hijos no tendrían ningún futuro. No, de verdad... No tendrían ningún futuro. ¿Si acá lo tienen? No sé... Pero más que allá seguro.

Acá por lo menos pueden estudiar. Allá no, tengo que pagar y la plata que no tengo acá no la tengo allá tampoco.
También acá tengo la salita. Cuando están enfermos corro a una de las salitas del barrio, por La Paternal hay una... Y ahí me dan todo gratis. En la escuela los chicos también comen gratis. Los dejo todo el día ahí, y sólo tengo que preocuparme de tener algo para la cena... Algo, porque son tan buenos que en el colegio me mandan lo que sobra del mediodía.
Al tren te acostumbras... Por la noche no pasa y podés dormir tranquila. El tema es de día, retumba todo. Y tengo que fijarme que el Axel no se me escape... Porque como está aprendiendo a caminar, es muy inquieto. ¿Vio? Ellos se quedan todos con Yulisa, la mayor. Mientras yo salgo ella los cuida. Tiene 13 años nomás, pero es toda una mujer. A veces me da una mano. Si los nenes están en el colegio se viene conmigo a cartonear. No, ella no va a la escuela. Terminó séptimo ya. Me gustaría que siguiera, pero la necesito en casa.
Yo sé coser. Aprendí en Bolivia. Mi mamá me enseñó. Me vine porque me ofrecieron un trabajo en un taller de costura por Floresta. Pero era una trampa, señorita. No me dejaban salir, y no me pagaban. Un día cayó la policía y nos liberaron. Y así es que caí acá. No tenía a donde ir, estaba con los cuatro, y no tenía muchas opciones. ¿Coser acá? ¡Imposible! Una señora una vez quiso donarme una máquina, pero ¿quién le va a traer la ropa para arreglar a una señora que vive en las vías del tren? Nadie, y no me engaño. Quizá cuando me pueda conseguir algún otro lugar... Quizá ahí pueda dedicarme a la costura. Pero acá en el tren no.
La gente es buena, señorita. Bueno, no todos. Algunos que pasan en el tren nos insultan. También nos quisieron desalojar muchas veces. Y otros que pasan se escapan pensando que le vamos a robar. ¿Pero qué tontos, no? Si nosotros fuéramos ladrones no estaríamos viviendo acá. Seguro nos iría mucho mejor. Yo le digo a mis niños que es preferible no tener un plato de comida a la noche que terminar preso en la cárcel por salir a robar. Yo quiero que ellos sean dignos, señorita.
La otra vez vino un político y nos dijo que nos sacarían de acá. Yo no sé si creerles. Siempre prometen. Aparte capaz que nos sacan, pero no nos dan otro lugar y eso sí que no nos sirve.
Yo siento a la Argentina como mía, señorita. Yo elegí que mis niños se criaran acá. Por eso no me voy a ir. Pero sí quisiera irme lejos del tren, señorita. ¿Usted cree que lo lograré alguna vez?

lunes, 12 de mayo de 2008

A las tres y diez de la tarde

A las tres y diez de la tarde el tiempo pasa, monótono. El lugar común dice que solamente los pueblos se detienen a la hora de la siesta, pero el lugar común entonces nunca vio Buenos Aires a las tres y diez de la tarde.
Los minutos atrapados entre las tres y diez y las cuatro y media bailan en un limbo entre el mediodía y la tarde viva. Porque esos 80 minutos están muertos. Los trabajadores, encerrados en las oficinas; las amas de casa, en sus casas; y los niños en la escuela. Las calles, por lo tanto, quedan libres. Las hamacas quietas, y el silencio sólo se rompe por el ruido de las hojas arrastradas por el viento o por el motor de algún colectivo que pasa casi vacío.
En avenida Santa Fé o en Cabildo los vendedores hacen tiempo en los locales esperando que la hora muerta pase. Si un cliente no afectado por el síndrome de las tres y diez osa entrar a un local, los empleados se miran, esperan y en un código secreto deciden quién atiende al cliente insistente.
No hay nada como caminar en los barrios de casas bajas durante esa hora banal. En las calles empedradas los autos esperan. Una mujer teje detrás de una ventana enrejada, con la cortina a medias corrida y otra, en otra ventana, le da la teta a un bebé. Se respira aire puro. Se escuchan las pisadas y el reventar de las pelotitas que caen de los árboles y que sin querer se aplastan con el pie.
Si es otoño o invierno los apenas tibios rayos del sol calientan el cemento frío. Pero si es verano los caminantes bendicen las ramas que los cubren, en esos barrios de casas bajas.
Si otro rebelde decide pasear por la ciudad vacía y justo se topa con uno, uno se sorprende. Lo mira y baja la vista enseguida. Queda incómodo, quizá porque ve reflejado en el otro, como en un espejo, su propia rebeldía. Si el otro viene de atrás y uno sólo siente las pisadas, uno acelera el paso, mirando de reojo. El otro da miedo y no lo calma ni siquiera el olor a flores frescas que sale de los patios. Para tranquilizarse, uno se hace el distraído, se entretiene mirando un jardín o el cartel de algún negocio y deja que el otro se adelante, y respira más tranquilo si lo ve entrar a un casa.
El mundo de las tres y diez parece una madrugada en el medio de la tarde, una madrugada que termina de golpe cuando los chicos salen de la escuela y la calle se llena de guardapolvos blancos, uniformes y mochilas. Las plazas de a poco se pueblan y el silencio de la hora sin nombre queda tapado por el griterío, las bocinas y los pasos de las mujeres que hacen las compras y los trabajadores que van saliendo de las oficinas. Los negocios empiezan a funcionar normalmente, una vez más y la ciudad cobra vida.
El tiempo pasa más rápido, la vida vuelve a su curso habitual. Pero se sabe: las tres y diez, la hora muerta, la hora sin nombre, volverá al día siguiente y con ella esa monotonía densa. Ese remanso en medio de los nervios de la ciudad. Ese momento en que el tiempo se para, la gente desaparece y uno aprovecha para escribir esta nota.

viernes, 2 de mayo de 2008

Cruzando unas cuadras

Aparecía por las noches y por las tardes. Cuando uno menos lo esperaba lo veía llegar rápido, con las manos en el bolsillo, mirando el piso. Interceptaba a la salida del supermercado, de la verdulería o cuando ya cerca de la medianoche uno bajaba a abrirle al delivery de la pizza. Sus ojos oscuros de mirada inocente hacían imposible tener el coraje suficiente para decirle que no. Es que tampoco nadie podría decirle "NO", porque ¿quién puede decirle que no a un niño de no más de 13 años? ¿Quién puede decir que no a un chico de 13 años que mira suplicando y con la dignidad intacta? Es que sus ojos intimidaban desde la vergüenza que generaba en todos, por más que ninguno de esos "todos" fuera culpable. Pero era imposible mirar a otro lado, y menos cuando se acercaba con respeto, miedoso aunque seguro y pedía un pedazo de pizza o una empanada. Muchas veces quisieron darle la pizza entera, pero él se iba dando las gracias y con la porción en la mano. No la comía toda aunque sí la transportaba con cuidado.

Siempre llevaba una camisita a cuadros y un jogging, fuera invierno o verano. Y la raya al costado en el pelo, perfecta, daba la pauta de que como todo adolescente pasaba horas frente al espejo para tratar de estar a la moda. Es que de verdad él era un nene hermoso.

Lo que empezó como algo excepcional terminó siendo común y todos esperábamos encontrarlo de un momento a otro, a la vuelta de cualquier esquina. A veces al cruzarnos simplemente saludaba. Otras preguntaba qué había uno comprado en lo de Alberto, y no esperábamos que preguntara más: directamente le dábamos 4 o 5 manzanas, o mandarinas.

Lo curioso es que todos lo conocíamos en el barrio, pero nadie sabía nada de él. Nadie le había preguntado nada.

Una noche lo encontré en la puerta del mercado. Ya como parte del ritual que se había establecido abrí la bolsa para darle algo.
- ¡Gracias! Para mis hermanos...

- ¿Y tenés muchos hermanos vos?

- Somos 5.

- ¿Vivís por acá?

- Por allá, cruzando, unas cuadras para adentro, en una pieza- dijo mientras señalaba con su dedito la avenida que separaba Barrio Norte de Once.

Pude averiguar que se llamaba Diego, "por el Diego", como aclaró con orgullo. Lo crucé varias veces más y me siguió contando. Su mamá cosía para afuera cuando tenía trabajo, él era el mayor, del papá no tenía noticias y como era el hombre de la casa tenía que cuidar a sus hermanos, la menor de un año. Iba a la escuela de la calle Larrea y su mamá lo mataría si se enteraba que pedía cosas en la calle, pero él tenía que ayudar de alguna manera porque la habitación del conventillo estaba cada día más cara. Aprovechaba cuando la madre no estaba para salir y después darle algo a los hermanitos. Y ella nunca se enteraba.

Un día no apareció más. En el barrio piensan todos que deben haber conseguido una pensión más barata, o que quizá la madre lo descubrió y no lo dejó volver a salir. Pasaron unos años, pero algunos seguimos esperando encontrarlo de imprevisto a la vuelta de cualquier esquina.

lunes, 28 de abril de 2008

Fotografías de otoño

La vida, la historia, están hechas de instantáneas que fotografían un momento y lugar determinados. Así lo vemos en nuestra memoria cuando el tiempo hace que esa foto se torne borrosa. Así, en ocre, se ven a los niños saliendo de una escuela pública hace 20 años, con el guardapolvo impoluto, la raya al costado ellos y las dos colitas ellas. Así se ve, en un amarillo de otoño, la calle del barrio que más nos gustaba, la plaza donde comíamos el Topolín, la galletitería donde el almacenero llenaba la bolsa de galletitas de animalitos y no valía si no nos ponía de yapa algún confitito rosado o celeste, o verde. Así se ve, color viejo, aquella avenida que pocas veces transitábamos y que la veíamos enorme y eterna. ¿Dónde desembocaría que se perdía en el horizonte? ¿Llegaría a la Cordillera? ¿Cruzaría el río, luego el mar, después el océano para llegar finalmente a África? ¿Y Carozo? ¿Y Narizota? ¿Y las figuritas Sarah Kay y los muñecos de Hello Kitty? También están cubiertos por la pátina de un recuerdo en blanco y negro.

Hoy, en colores, los chicos siguen saliendo del colegio tan contentos como antes... ¿Pero por qué será que sus guardapolvos no nos parecen tan blancos y que sus peinados nos parecen raros peinados nuevos? La calle del barrio sigue siendo la misma ¿pero es la misma si falta la galletitería, si la librería polirrubro de enfrente se transformó en un maxikiosco?

La avenida sin límite... Al final lo tenía, y a no tantas cuadras de donde marcábamos el horizonte. Sería paso obligado luego, y no llegaba ni a la Cordillera ni a África: apenas a Parque Centenario. ¿Por qué imaginábamos que nos llevaría a territorios exóticos? La percepción de la distancia era distinta... ¿Nosotros también?

En colores, Carozo y Narizota son hoy periodistas de Crónica TV, y Sarah Kay y Hello Kitty fetiches de una cultura pop. Todo está igual, y no. Es lo mismo, y no. Lo diferencia la niebla que parece cubrir lo pasado. Una niebla densa que nos devuelve imágenes encadenadas, borrosas y deshilachadas en formato de fotografía de arcón antiguo.