Su edad era un misterio, ni ella la recordaba. "Me confundo -decía- porque cuando me trajeron de España mintieron la edad para que pudiera viajar sola". Pero más o menos todos le calculaban unos noventa años, como mínimo. Vino de la madre Patria a los 14, y se instaló definitivamente en Versalles desde entonces, cuando las calles aún eran de tierra y el barrio recién había sido loteado.
Se casó con un albañil comunista, fundador de La casa del pueblo del partido en el barrio, y tuvo cinco hijos y una vida sin grandes sobresaltos. Sus ojos celestes y el cabello blanco daban toda la imagen de una abuelita afable. Hasta en aquellos días donde la humedad de Buenos Aires hace que todos los huesos del cuerpo se anuden hasta doler se ocupaba de cuidar su jardincito lleno de malvones y jazmines. La planta de jazmín era su orgullo. Y la admiración y sana envidia del resto. Ella lo sabía, por eso siempre repartía jazmines a todos los que se paraban a hablar, cerca de por medio. Es que su planta aromatizaba toda la cuadra.
Entrar a su casa para todos era un misterio. Es que ella no usaba el comedor. Siempre lo tenía con la luz apagada y recibía en el patio, o en el patio techado que estaba entre la puerta de entrada y la cocina. El comedor era una pasadizo oscuro, lleno de muñecas de porcelana de principios de siglo.
A la abuela Vivi le encantaban los chicos, los bisnietos propios y ajenos. Así que a todos los hacía pasar a su casa, y descubrir el boscoso fondo, lleno de hortalizas. Pero cuando se quedaba sola aprovechaba todo el sol con su silla favorita y veía pasar la gente desde adentro. Era chiquita, pero con los años se fue achicando cada vez más. En cualquier momento algún distraído podría confundirla con alguno de los enanos de jardín que engalanaban la humilde casa, hecha con las propias manos de su marido... como se hacían antes las casas.
En los años 60 quedó viuda, y sus hijos ya de a poco iban levantando vuelo. Algunos se quedaron en el barrio, pero otros migraron a barrios más comunes. Porque vivir en Versalles no es común: poca gente sabe ubicarlo en el mapa y lo confunden con Devoto. Desde entonces fue aprendiendo a estar sola y no, porque el barrio entero fue su compañía.
Cuando el peso de los años se hizo sentir con fuerza, empezó a salir al patio con su bastón. Y así y todo siguió atendiendo su jardín. Cuando las piernas le empezaron a fallar aún más, tanto que no la sostenían, si los vecinos la veían en el piso abrían la cerca para levantarla. Porque en aquellos tiempos y en ese barrio, las cercas nunca estaban cerradas del todo.
Veinte años pasaron casi desde que Doña Viviana dejó para siempre su jardín florido de Versalles. Los vecinos la recuerdan todavía y les cuesta reconocer en la casa despojada que hay ahora la casa de la abuela. Si bien la casa sigue en pie, las topadoras del progreso pasaron por encima del jardín, y donde antes había dos grandes lotes de tierra bien sembrada ahora hay dos grandes lugares para guardar dos grandes autos.
Del jazmín no quedaron ni las ramas. Pero el olor en el barrio se conserva porque no hay vecino que no tenga plantado en su pequeño jardincito un pedazo del jazmín de Viviana.
1 comentario:
Tus crónicas porteñas tienen el aroma del jazmín de Viviana. Muy lindo, se huele...
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