domingo, 12 de julio de 2009

Inesita duerme sola


Inesita se sentaba todas las tardes en el patio. Se ponía su vestido rosa oscuro, sus zapatos de cordones y esperaba en su sillón de mimbre con una paciencia china, intelectualizada, estoica.

Cansaba verla ahí, en su silla, siempre con la misma ropa. Siempre a las 17:45. Ni un minuto más, ni un minuto menos. Con el pelo adornado por una vincha, se sentaba a mirar la calle y esperar. Cansaba verla siempre quieta, siempre erguida, con una sonrisa misteriosa que apenas se percibía en sus labios.

Inesita, desde su silla, veía pasar la vida. Veía a los niños que salían con sus guardapolvos de la escuela y cambiaban figuritas en la esquina. Veía a las ancianas que con sus bastones hacían equilibrio para esquivar los adoquines rotos de las veredas de Barracas. Veía a las parejas que caminaban de la mano y se besaban antes de cruzar la calle.

Inesita veía como los otros vivían y esperaba. De lunes a sábado, a la misma hora y en el mismo lugar, con el mismo vestido y la misma expresión expectante, Inesita soñaba quizá despierta. O a lo mejor no soñaba y pensaba en nada. Difícil saberlo porque Inesita sólo observaba. No hablaba.

Los domingos a las 19 abría el portón del jardín e Inesita salía a paso firme, con un vestido rojo, el pelo recogido y una cartera diminuta. Caminaba las mismas calles en las que los niños jugaban, los ancianos tropezaban y las parejas se besaban. Miraba para adelante, siempre ida, siempre constante. Cuando llegaba a la iglesia no entraba enseguida. Cerraba los ojos y agarraba fuerte la reja que separa el atrio. Como un rito, con los párpados caídos, parecía recitar una plegaria por dentro. Luego entraba y tocaba la estatua.

Inesita creía en los milagros. Inesita se acordaba cuando hacía muchos años atrás, cuando todavía sus carnes estaban en su lugar y la tintura no tapaba sus canas, su madre le había hablado de la Santa Milagrosa a la que 50 años antes le había pedido y de buenas a primeras le puso un novio en la puerta, la misma en la que Inesita se sentaba.

Inesita volvía cargada de esperanzas a su casa y sabía que al día siguiente volvería a calzarse el mismo vestido rosa, los zapatos acordonados y la vincha y se sentaría a seguir con la espera en su silla de mimbre, en su patio de Barracas.

Un día Inesita vio que un hombre se paró en su puerta. Escuchó como le hablaba de los cerezos, de la poesía, de la luna, de las estrellas, del verano, de la primavera, del blanco, del arroz, de la vida eterna. Lo escuchó durante meses. Primero los miércoles, luego también los viernes y por último todos los días. Menos el domingo, claro, que Inesita enfilaba para la iglesia.

El hombre quiso entrar. No sólo esquivar la silla de mimbre y cruzar la puerta de madera, sino entrar al silencio de Inesita. La espera de Inesita parecía haberse terminado.

Pero fue quizá la costumbre, quizá los años. Quizá el tiempo que se había eternizado en un presente sin espacio. Es que Inesita, ahora, quería dormir sola.

miércoles, 24 de diciembre de 2008

Navidades en blanco y negro


"Papá Noel no existe", era la afirmación más escuchada en los patios de la escuela cuando las clases estaban llegando a su fin y muchos chicos adelantaban a sus compañeros lo que le escribirían en la cartita al gordo del Polo Norte. "Claro que existe, si me trajo la muñeca que quería el año pasado. Además, lo vi pasar con su trineo por el cielo". Es que hace 20 años atrás muchos estábamos seguros de haber visto alguna vez el trineo.

Las Navidades de entonces eran la fiesta del verano. El ritual empezaba a la tarde temprano. Todos a bañarse porque ¿qué pasaría si justo Papá Noel nos encontraba sucios? Pero el viejito de rojo nunca nos encontraba. Era como la búsqueda del gato y el ratón. Nosotros queríamos verlo, pero el anciano se las ingeniaba para llegar siempre cuando no estábamos en casa. A la tardecita, justo un ratito antes de que llegara la hora del corte programado por el gobierno de Alfonsín, nos vestían con los mejores vestidos. Vestidos con flores, y con moños y mariposas; sandalias Nuaret rosas y quizá algún collarcito de perlitas de plástico para estar más a tono con la fiesta. Y salíamos en patota a buscar la comida a la rotisería de Córdoba y Pueyrredón. "¿Ya vino Papá Noel?", preguntaban los porteros de la cuadra, el diariero y hasta el vendedor de la rotisería. Todavía no.


Caminábamos lento por esas calles, mirando el cielo para ver el trineo. A Papá Noel ya lo habíamos visto una vez, en la tienda de Harrods, pero el trineo no estaba y los renos tampoco. Una foto con el color desgastado ya por el tiempo es la única prueba de su existencia, la única prueba empírica, claro.


Al llegar a la puerta esperábamos. No sabíamos qué, pero esperábamos. Y no éramos los únicos. Había varios chicos esperando en el jardín del edificio. Cuando entraban ya no salían igual: volvían con un autito, una bicicleta, una muñeca o con ropa nueva. Era la pauta: Papá Noel ya estaba en el edificio.


El apuro por entrar era enorme, pero la abuela se enojaba con el abuelo que se había quedado en el departamento porque hacía mucho calor y no había querido ir a la rotisería con nosotros. ¡Todas las Navidades pasaba lo mismo! La abuela le tocaba el portero, enojada, al abuelo porque por estar en casa Papá Noel no iba a pasar. Entonces el abuelo bajaba a la puerta, con una sonrisa de oreja a oreja. No parecía estar tan cansado ni tener tanto calor... Pero si él lo decía...


"¿Lo viste?", le preguntábamos. Y siempre contestaba que había oido ruidos y que por eso había salido rápido, no fuera cosa que el gordito de barba lo viera y se asustara y nos dejara nada.


Los minutos se hacían eternos hasta que a cualquiera se le ocurría ir subiendo despacito, para que Papá Noel no se asustara si estaba. Subíamos en susurros, casi sin pisar, conteniendo la respiración. Y a los pies del sillón nuestros zapatitos habían quedado tapados de regalos, y rodeados del agua que los renos habían tirado sin querer.


Ahora nostros bajábamos también a la puerta con la muñeca, con el autito o con el libro para leer en las escalinatas. El viejo también nos había visitado a nosotros. Y respirábamos, porque eso significaba que nos habíamos portado bien. El abuelo miraba sonriendo. Era gordo, pelado y sin barba, pero así y todo ¡se parecía tanto a Papá Noel!


domingo, 28 de septiembre de 2008

Rojo de primavera

Estela vive en un edificio gris de un barrio gris como son los barrios del centro, incluyendo Barrio Norte. Estela mira enfrente, al asomarse a la ventana, otro edificio gris igual que el de ella. Estela tiene una existencia gris, como todas las personas que viven en el corazón de las ciudades. Estela se asoma a la ventana de su departamento y no ve ni siquiera un pedazo de cielo. Tampoco ve las copas verdes de los árboles porque en la calle donde vive no hay árboles.
Estela recuerda su infancia, también en Buenos Aires, pero en un barrio de casas bajas. Recuerda su patio y el aire puro que se respiraba. Estela está arrepentida de haberse mudado al centro, pero cuando lo hizo su padre eligió por ella y ahora volver a las afueras le implica un gran movimiento, dice. Pero la verdad es que Estela ya está atrapada por las garras de la Ciudad y no puede mudarse.

Estela parece una muchacha peronista: va de casa al trabajo y del trabajo a casa. No sale nunca a otro lugar. Por eso es que Estela ve gris en todas partes. Camina sobre el gris en su departamento de tres ambientes. Camina sobre el gris de la calle Lavalle para ir a su trabajo. Camina sobre el gris de la avenida Córdoba para volver a su casa. Camina sobre el gris de su oficina. Camina sobre el gris del colectivo y el gris de los taxis. Estela camina sobre el gris, ve gris, vive gris.

Estela se encierra en su casa gris y se idiotiza mirando en televisión programas también grises. Estela duerme a la noche en una cama gris y tiene sueños grises. Estela ve pasar a sus vecinos también de color gris.

En su departamento gris Estela no sabe si afuera hace calor o frío. Estela tiene que mirar bien para ver si el piso está mojado para así darse cuenta si llueve. Si no fuera por el almanaque que cuelga de su cocina, Estela no sabría si es verano, otoño, invierno o primavera. Si no fuera por la TV clavada en el canal del tiempo, Estela no sabría si está soleado o nublado.

Pero Estela tiene una planta colgada del barrote de su ventana gris. En realidad Estela tiene cuatro plantas colgadas del barrote de su ventana gris pero no todas soportan el gris del centro y se mueren ni bien empiezan a perder las hojas.

Estela no recuerda cómo llegó la planta verde a ella. Era de su madre. Es lo único que sabe Estela. Se la había regalado una vecina, que también vivía en un departamento gris, el de al lado. Estela no sabe como se llama la planta verde. Sólo que tiene hojas finitas, repletas de savia. Estela sabe que la planta verde, todos los años, cortará el gris con una flor roja. Sabe Estela que algunos años de suerte la planta da tres, cuatro, cinco flores rojas. Estela las corta y las guarda en un florero adentro de su casa porque seguro Estela tiene miedo que el gris de la calle se las termine devorando. Estela cuando ve que entre las verdes hojas de su planta verde crecer un tallo largo y duro, con un capullo a punto de brotar en la punta sabe que no falta mucho. Estela sabe que la flor roja que se prepara para nacer en ese capullo es el anuncio de que la primavera está llegando a su departamento gris, inmerso en un barrio más gris todavía.

lunes, 1 de septiembre de 2008

Las mil caras de Corrientes

Caminar por avenida Corrientes todavía guarda la mística de los años '30, aunque la Corrientes de ahora no sea la de entonces, y aunque en aquel entonces tampoco hubiera una sola Corrientes. Al decir Corrientes en Buenos Aires enseguida vienen a la mente los teatros, el glamour de las revistas, la "calle que nunca duerme", el tango en el Obelisco; por más que el glamour y el tango sean retazos del pasado. Esos resabios son los que buscan los turistas cuando compenetrados con sus cámaras digitales sacan fotos a troche y moche.
De esa Corrientes cultural quedaron las librerías de viejo, los centros culturales, los teatros menos glamorosos que antaño y las plaquetas conmemorativas que cuelgan de la entrada de "La Paz". Como el resto de la Ciudad, Corrientes ahora sí duerme. Y lo que antes era opulencia la crisis lo transformó en miseria. Así, entre la gente que circula por las librerías o hace la cola para entrar al teatro, los cartoneros revuelven la basura que sacaron los restaurantes de la zona. Basura que no es difícil encontrar dado que Corrientes, como toda la ciudad, hace rato que está muy sucia.

Pero la más porteña de las avenidas tiene y tuvo una característica: sus varias caras. Por eso, el equiparar Corrientes solamente con ese pequeño reservorio de cultura equivale a reducir la calle a tan sólo unas pocas cuadras. Además de la Corrientes cultural del Centro, está la Corrientes comercial de Once, la Corrientes de las casas tomadas en el Abasto, la Corrientes comercial en menor escala que va desde Almagro a Villa Crespo y la Corrientes abandonada que cobra vida al llegar a Chacarita para morir, ironía del destino, ahí mismo . Corrientes tiene varias caras, vive y muere muchas veces.

Alrededor de Corrientes supieron asentarse las colectividades que llegaron al país con las sucesivas inmigraciones. En los '30 la Corrientes de Once era territorio de árabes y la Corrientes de Villa Crespo reducto judío.

Con los años las distintas colectividades se fueron mezclando entre los dos barrios y por eso en el mismo tramo de la avenida se juntan el negocio de telas del patriarca árabe con el local de ropa del patriarca judío. Y en los '90 la zona de Abasto se colmó de inmigrantes de los países limítrofes que ante la escasez de viviendas que azota a la Ciudad fueron a parar hacinados a los conventillos y casas de inquilinato de la zona. Por eso Corrientes es hoy por hoy no tanto la calle que nunca duerme sino la calle de las varias colectividades.

Transitar Corrientes es ver como el panorama de la calle va cambiando a medida que se atraviesan los barrios. Porque cada barrio le da su identidad propia a Corrientes. Del reducto intelectualoide uno se adentra en el bullicio de los vendedores ambulantes y los locales uno al lado de otro de Once. El bullicio y el olor a pochoclo de a poco se pierde y el paisaje se vuelve tristemente decadente: una casa derruida con chicos asomados a las ventanas, mirando el shopping, veredas rotas, pocos negocios, desolación. Luego los comercios resurgen al llegar a Almagro, de forma un poco más chic que en Once y con menos densidad. Continúa así hasta Villa Crespo, muere, revive en la intersección con Scalabrini Ortiz, vuelve a morir y resucita con el bullicio frente a la estación Lacroze, ahí nomás del Cementerio de la Chacarita, donde muere para siempre. Curioso fin el de la avenida más famosa de Buenos Aires.

lunes, 25 de agosto de 2008

Zapatos viejos

Entrar a la zapatillería de Córdoba y Boulogne Sur Mer era hasta hace dos meses viajar en el túnel del tiempo. El olor a viejo se sentía en el aire, en el piso de madera lleno de tierra y en los posters promocionando marcas de zapatos y zapatillas que quedaron olvidados en las paredes durante más de 30 años.

Los grandes ventanales de la casa, cuya planta baja fue convertida en zapatería hace tanto tiempo que nadie en el barrio recuerda, exponían zapatos y chinelas como los que usan las abuelas o las que usaban los jóvenes en los 80. Las cajas de las Pampero se apilaban al lado de las de alpargatas y según las publicidades gráficas a las que el comprador se enfrentaba cada vez que iba a probarse un calzado allí todavía podían encontrarse las sandalias Nuaret con un reloj de Alf de regalo aunque el siglo XXI estuviera ya bastante avanzado.


Al entrar al local enseguida el dueño se ponía de pie. Él y su hijo se encargaban de la zapatería y entre los dos sumaban alrededor de 150 años. El mayor rondaba los 90 pero aún así seguía atendiendo el local que parecía haberse quedado en el tiempo. Y cuando ya no pudo moverse demasiado su hijo, de alrededor de 20 años menos era el encargado de alcanzar las cajas mientras que el viejito, sentado en una silla de madera, daba la opinión sobre cuál era el mejor modelo para cada pie.


Los dos se complementaban y si bien los calzados que vendían habían pasado de moda hacía rato, los vecinos a la hora de comprar alpargatas, chinelas u ojotas de las más comunes preferían ir al local de "los viejos" porque era garantía de ser bien atendido y nadie salía de allí sin probar siquiera una tacita de café.


Los dos ancianos esperaban sentados que alguien cayera al negocio, uno al lado del otro. Uno en una silla y semidormido, apoyado en el bastón, y el otro mirando siempre a la calle. Los vecinos entraban y aspiraban el olor a viejo, y retrocedían en el tiempo ante las publicidades viejas, ya amarillas, y las cajas de zapatos llenas de tierra. El progreso no había llegado a esa zapatería. Y a los vecinos no les importaba. Si querían moda, tenían miles de zapaterías para elegir por Santa Fé. Pero si querían sentir el tiempo detenido en un par de zapatos viejos, iban al local de "los viejos".


Uno se sentaba en la silla de madera, corriendo un poco la tierra y esperaba que alguno de los dos alcanzara la caja de cartón con el modelo elegido. No importaba esperar varios minutos hasta que los viejitos, lentos, volvieran con el recado. Es que uno se entretenía viéndolos conocer el local como la palma de sus manos, porque a pesar de que las cajas se mezclaban por todos lados, ellos sabían a dónde ir para dar con el calzado justo; y si era necesario subirse a una escalera o agacharse hasta el piso para conseguirlo, lo hacían. Luego, el comprador se miraba en un espejo antiguo, con bordes de madera, que estaba apoyado en un mostrador también antiguo y también de madera.


No tenían tarjetas, sólo efectivo, y todo allí era más barato que en cualquier otro local que vendiera cosas similares.


Hace unos años al entrar los vecinos se dieron cuenta que el dueño, de 90 y tantos ya no estaba. No hizo falta preguntar qué había pasado con él porque todos lo imaginaron. El hijo, que ahora era el único viejo, siguió haciéndose cargo del negocio sin cambiar la esencia. Todo ahí estaba igual, sólo faltaba aquel anciano de bastón que desde hacía un tiempo controlaba todo desde la silla de madera. El hijo hacía resistencia al progreso en su viejo local de madera.


Pero contra el progreso no se puede porque tarde o temprano gana la batalla porque los guerrilleros que tratan de detenerlo tienen sus caídas. Hace dos meses que la vieja zapatería tiene el cartel de venta en la puerta, la zapatería y la casa de "los viejos" que estaba arriba. Probablemente y dado el boom inmobiliario que vive la ciudad alguna empresa constructora la compre para derribarla sin importarle que ese local vetusto alguna vez contuvo la historia en un par de zapatos.



lunes, 11 de agosto de 2008

Sur, paredón y...

El sur también existe, y llega mucho más lejos hoy por hoy de San Juan y Boedo. Es más, San Juan y Boedo, terruño chico de malevos y gángsters en los tiempos de furor del tango es hoy un reducto chic de tangueros top que en la esquina que hizo famosa Manzi ganan sus buenos dólares gracias a los contingentes de turistas.

Pesadumbres del barrio que ha cambiado... Pompeya conserva quizá en algún lugar los zanjones y pastizales (difícil saber si con alfalfa porque las bolsas de basura los cubren todos), pero ya las luces de los almacenes no iluminan las veredas. Es raro encontrar en Pompeya un almacén abierto mucho más allá de las siete de la tarde. Tampoco es común encontrar gente esperando en las veredas. Las calles de Pompeya se han vuelto desoladas, más aún que la nostalgia del tanguero que recordaba el beso de su amada flotando en el adiós. La gente vive tras las rejas, y la paranoia colectiva se adueñó del barrio: "No te metas por los pasajes", "Sólo podés transitar tranquila por la Avenida. Sáenz", "Cuidado al tomar el colectivo", "No te acerques al puente Alsina".

El paredón cada vez más oscuro se cubrió de chicos de seis años como mínimo fumando paco, viendo pasar el tren y la vida frente a sus narices. Se sientan con la espalda apoyada en las paredes de las fábricas ya abandonadas casi todas y sus ojos se pierden en el corto horizonte del barrio, envueltos en el humo tóxico que sale ahora no de las chimeneas sino de sus propios cigarrillos. Otros cuelgan medio cuerpo por sobre la reja que separa el terraplén de la vía. No miden el peligro, porque estos chicos ya no juegan al balero como los de antes. Estos chicos ya no juegan.

Pompeya, barriada humilde de trabajadores es ahora también una zona marginal. Familias sin techo tomaron las fábricas abandonadas, los asentamientos urbanos florecen donde alguna vez supo crecer la alfalfa y la villa que se ubicó en el límite con Barracas no para de aumentar de tamaño con cada crisis. Más que de obreros, Pompeya es un barrio de desocupados en el que recayeron inmigrantes que trabajan para algún explotador por dos pesos la hora.

Al olor hediondo del Riachuelo que se esconde tras los paredones se suman las otras inundaciones no menos hediondas de las calles sin cloacas, de las aguas estancadas que quedaron en algunas calles de tierra luego de la última tormenta, de las mangueras de las casas pobres que refrescan a los niños que se pasean en short y musculosas ajadas durante el verano.

Los fines de semana las calles se pueblan de ferias. Uno camina por Pompeya y de a poco ve como el paisaje va deteriorándose hasta llegar a un limbo entre la ciudad asfaltada y la villa de tierra. De a poco se adentra uno, sin darse cuenta, porque el deterioro es de a poco también. Y en esos lugares de transición, bajo la sombra de algún edificio fabril raído por el tiempo, se forman las ferias donde los vecinos nuevos conservan los lazos comunitarios de los vecinos de ayer. Pastelitos por un peso, medias por cinco, chipá por dos... De todo se vende en las ferias y hasta aceptan el trueque en muchos casos.

Herreros quedan poco, porque los oficios se fueron perdiendo. Pero la esquina sigue siendo un lugar clave de encuentro. Eso sí, hasta que la luna aparece ya que la gente corre enseguida hacia adentro de sus casas. Como antaño, las estrellas iluminan Pompeya porque el alumbrado público casi no existe en el sur. Los cielos perdidos y las nostalgias abundan en el barrio de tango; sin embargo en los batones gastados de algunas vecinas charlatanas y en las tardes de bar pasadas de alcohol de los hombres el viajante puede ver que todo ha muerto... y no.

viernes, 8 de agosto de 2008

Blancas palomitas

Ir a la escuela pública hasta por lo menos fines de los años '80 era un orgullo para la clase media. El primer día de clases era en todas las familias más o menos igual. El guardapolvo blanco esperaba colgado de la percha, almidonado y con las tablas planchadas perfectas. Luego, sección peluquería y las nenas no zafaban de las dos trenzas o colitas, prolijas y con cinta blanca, y los nenes no escapaban a la raya o al corte con taza.
"Alta en el cielo una águila guerrera..."; y las clases empezaban. Con las gomas de animalitos, los lápices con dibujos y las cartucheras de He-man o Frutillitas. Los chicos leían de los libros de lectura y en los recreos se jugaba a todas las manchas, a la marinerita, a la rayuela. Sólo se discutía por quién hacía de San Martín en el acto, quién de Merceditas. La maestra era realmente una segunda madre a la que incluso la invitábamos a los cumpleaños. Cumpleaños que se celebraban en las casas, con bonetes, bolsitas de cotillón como souvenir y con la música de María Elena Walsh o "La batalla del movimiento".

Nadie salía del colegio si no estaba el padre/tutor o encargado esperando en la puerta... Y sólo esperábamos al salir no ser los últimos. Los ojitos desesperados buscaban a la mamá, el abuelo, el vecino... Y nos íbamos felices sabiendo que en casa nos esperaba el café con leche en compañía de Los Pitufos.

Veinte años pasaron y ya nada es igual... nada es mejor tampoco. Los guardapolvos con tablitas quedaron guardados en los baúles de los recuerdos de las madres y abuelas. Las nenas jamás se dejarían hacer las trenzas y ni hablar de los cortes taza. Los juegos tampoco son los mismos. La diversión es pelearse por la violencia misma. La música de la infancia de ahora no es la de la suave María Elena sino la de cualquier rocker de moda, ni los programas de TV la cultura naif de antaño. La merienda hoy se toma junto con el caño de Bailando por un sueño.

Quizá por la privatización de la vida que se produjo en los '90 ya no se festejan los cumpleaños en las casas sino en los insípidos peloteros, donde ni siquiera hay calor de hogar.

Las costumbres cambiaron, la infancia no es la misma. Quizá la nostalgia hace que veamos el pasado como un tiempo mejor. Pero a veces la realidad que los noticieros nos muestra da la pauta que a veces sí todo tiempo pasado fue mejor realmente