lunes, 25 de agosto de 2008

Zapatos viejos

Entrar a la zapatillería de Córdoba y Boulogne Sur Mer era hasta hace dos meses viajar en el túnel del tiempo. El olor a viejo se sentía en el aire, en el piso de madera lleno de tierra y en los posters promocionando marcas de zapatos y zapatillas que quedaron olvidados en las paredes durante más de 30 años.

Los grandes ventanales de la casa, cuya planta baja fue convertida en zapatería hace tanto tiempo que nadie en el barrio recuerda, exponían zapatos y chinelas como los que usan las abuelas o las que usaban los jóvenes en los 80. Las cajas de las Pampero se apilaban al lado de las de alpargatas y según las publicidades gráficas a las que el comprador se enfrentaba cada vez que iba a probarse un calzado allí todavía podían encontrarse las sandalias Nuaret con un reloj de Alf de regalo aunque el siglo XXI estuviera ya bastante avanzado.


Al entrar al local enseguida el dueño se ponía de pie. Él y su hijo se encargaban de la zapatería y entre los dos sumaban alrededor de 150 años. El mayor rondaba los 90 pero aún así seguía atendiendo el local que parecía haberse quedado en el tiempo. Y cuando ya no pudo moverse demasiado su hijo, de alrededor de 20 años menos era el encargado de alcanzar las cajas mientras que el viejito, sentado en una silla de madera, daba la opinión sobre cuál era el mejor modelo para cada pie.


Los dos se complementaban y si bien los calzados que vendían habían pasado de moda hacía rato, los vecinos a la hora de comprar alpargatas, chinelas u ojotas de las más comunes preferían ir al local de "los viejos" porque era garantía de ser bien atendido y nadie salía de allí sin probar siquiera una tacita de café.


Los dos ancianos esperaban sentados que alguien cayera al negocio, uno al lado del otro. Uno en una silla y semidormido, apoyado en el bastón, y el otro mirando siempre a la calle. Los vecinos entraban y aspiraban el olor a viejo, y retrocedían en el tiempo ante las publicidades viejas, ya amarillas, y las cajas de zapatos llenas de tierra. El progreso no había llegado a esa zapatería. Y a los vecinos no les importaba. Si querían moda, tenían miles de zapaterías para elegir por Santa Fé. Pero si querían sentir el tiempo detenido en un par de zapatos viejos, iban al local de "los viejos".


Uno se sentaba en la silla de madera, corriendo un poco la tierra y esperaba que alguno de los dos alcanzara la caja de cartón con el modelo elegido. No importaba esperar varios minutos hasta que los viejitos, lentos, volvieran con el recado. Es que uno se entretenía viéndolos conocer el local como la palma de sus manos, porque a pesar de que las cajas se mezclaban por todos lados, ellos sabían a dónde ir para dar con el calzado justo; y si era necesario subirse a una escalera o agacharse hasta el piso para conseguirlo, lo hacían. Luego, el comprador se miraba en un espejo antiguo, con bordes de madera, que estaba apoyado en un mostrador también antiguo y también de madera.


No tenían tarjetas, sólo efectivo, y todo allí era más barato que en cualquier otro local que vendiera cosas similares.


Hace unos años al entrar los vecinos se dieron cuenta que el dueño, de 90 y tantos ya no estaba. No hizo falta preguntar qué había pasado con él porque todos lo imaginaron. El hijo, que ahora era el único viejo, siguió haciéndose cargo del negocio sin cambiar la esencia. Todo ahí estaba igual, sólo faltaba aquel anciano de bastón que desde hacía un tiempo controlaba todo desde la silla de madera. El hijo hacía resistencia al progreso en su viejo local de madera.


Pero contra el progreso no se puede porque tarde o temprano gana la batalla porque los guerrilleros que tratan de detenerlo tienen sus caídas. Hace dos meses que la vieja zapatería tiene el cartel de venta en la puerta, la zapatería y la casa de "los viejos" que estaba arriba. Probablemente y dado el boom inmobiliario que vive la ciudad alguna empresa constructora la compre para derribarla sin importarle que ese local vetusto alguna vez contuvo la historia en un par de zapatos.



lunes, 11 de agosto de 2008

Sur, paredón y...

El sur también existe, y llega mucho más lejos hoy por hoy de San Juan y Boedo. Es más, San Juan y Boedo, terruño chico de malevos y gángsters en los tiempos de furor del tango es hoy un reducto chic de tangueros top que en la esquina que hizo famosa Manzi ganan sus buenos dólares gracias a los contingentes de turistas.

Pesadumbres del barrio que ha cambiado... Pompeya conserva quizá en algún lugar los zanjones y pastizales (difícil saber si con alfalfa porque las bolsas de basura los cubren todos), pero ya las luces de los almacenes no iluminan las veredas. Es raro encontrar en Pompeya un almacén abierto mucho más allá de las siete de la tarde. Tampoco es común encontrar gente esperando en las veredas. Las calles de Pompeya se han vuelto desoladas, más aún que la nostalgia del tanguero que recordaba el beso de su amada flotando en el adiós. La gente vive tras las rejas, y la paranoia colectiva se adueñó del barrio: "No te metas por los pasajes", "Sólo podés transitar tranquila por la Avenida. Sáenz", "Cuidado al tomar el colectivo", "No te acerques al puente Alsina".

El paredón cada vez más oscuro se cubrió de chicos de seis años como mínimo fumando paco, viendo pasar el tren y la vida frente a sus narices. Se sientan con la espalda apoyada en las paredes de las fábricas ya abandonadas casi todas y sus ojos se pierden en el corto horizonte del barrio, envueltos en el humo tóxico que sale ahora no de las chimeneas sino de sus propios cigarrillos. Otros cuelgan medio cuerpo por sobre la reja que separa el terraplén de la vía. No miden el peligro, porque estos chicos ya no juegan al balero como los de antes. Estos chicos ya no juegan.

Pompeya, barriada humilde de trabajadores es ahora también una zona marginal. Familias sin techo tomaron las fábricas abandonadas, los asentamientos urbanos florecen donde alguna vez supo crecer la alfalfa y la villa que se ubicó en el límite con Barracas no para de aumentar de tamaño con cada crisis. Más que de obreros, Pompeya es un barrio de desocupados en el que recayeron inmigrantes que trabajan para algún explotador por dos pesos la hora.

Al olor hediondo del Riachuelo que se esconde tras los paredones se suman las otras inundaciones no menos hediondas de las calles sin cloacas, de las aguas estancadas que quedaron en algunas calles de tierra luego de la última tormenta, de las mangueras de las casas pobres que refrescan a los niños que se pasean en short y musculosas ajadas durante el verano.

Los fines de semana las calles se pueblan de ferias. Uno camina por Pompeya y de a poco ve como el paisaje va deteriorándose hasta llegar a un limbo entre la ciudad asfaltada y la villa de tierra. De a poco se adentra uno, sin darse cuenta, porque el deterioro es de a poco también. Y en esos lugares de transición, bajo la sombra de algún edificio fabril raído por el tiempo, se forman las ferias donde los vecinos nuevos conservan los lazos comunitarios de los vecinos de ayer. Pastelitos por un peso, medias por cinco, chipá por dos... De todo se vende en las ferias y hasta aceptan el trueque en muchos casos.

Herreros quedan poco, porque los oficios se fueron perdiendo. Pero la esquina sigue siendo un lugar clave de encuentro. Eso sí, hasta que la luna aparece ya que la gente corre enseguida hacia adentro de sus casas. Como antaño, las estrellas iluminan Pompeya porque el alumbrado público casi no existe en el sur. Los cielos perdidos y las nostalgias abundan en el barrio de tango; sin embargo en los batones gastados de algunas vecinas charlatanas y en las tardes de bar pasadas de alcohol de los hombres el viajante puede ver que todo ha muerto... y no.

viernes, 8 de agosto de 2008

Blancas palomitas

Ir a la escuela pública hasta por lo menos fines de los años '80 era un orgullo para la clase media. El primer día de clases era en todas las familias más o menos igual. El guardapolvo blanco esperaba colgado de la percha, almidonado y con las tablas planchadas perfectas. Luego, sección peluquería y las nenas no zafaban de las dos trenzas o colitas, prolijas y con cinta blanca, y los nenes no escapaban a la raya o al corte con taza.
"Alta en el cielo una águila guerrera..."; y las clases empezaban. Con las gomas de animalitos, los lápices con dibujos y las cartucheras de He-man o Frutillitas. Los chicos leían de los libros de lectura y en los recreos se jugaba a todas las manchas, a la marinerita, a la rayuela. Sólo se discutía por quién hacía de San Martín en el acto, quién de Merceditas. La maestra era realmente una segunda madre a la que incluso la invitábamos a los cumpleaños. Cumpleaños que se celebraban en las casas, con bonetes, bolsitas de cotillón como souvenir y con la música de María Elena Walsh o "La batalla del movimiento".

Nadie salía del colegio si no estaba el padre/tutor o encargado esperando en la puerta... Y sólo esperábamos al salir no ser los últimos. Los ojitos desesperados buscaban a la mamá, el abuelo, el vecino... Y nos íbamos felices sabiendo que en casa nos esperaba el café con leche en compañía de Los Pitufos.

Veinte años pasaron y ya nada es igual... nada es mejor tampoco. Los guardapolvos con tablitas quedaron guardados en los baúles de los recuerdos de las madres y abuelas. Las nenas jamás se dejarían hacer las trenzas y ni hablar de los cortes taza. Los juegos tampoco son los mismos. La diversión es pelearse por la violencia misma. La música de la infancia de ahora no es la de la suave María Elena sino la de cualquier rocker de moda, ni los programas de TV la cultura naif de antaño. La merienda hoy se toma junto con el caño de Bailando por un sueño.

Quizá por la privatización de la vida que se produjo en los '90 ya no se festejan los cumpleaños en las casas sino en los insípidos peloteros, donde ni siquiera hay calor de hogar.

Las costumbres cambiaron, la infancia no es la misma. Quizá la nostalgia hace que veamos el pasado como un tiempo mejor. Pero a veces la realidad que los noticieros nos muestra da la pauta que a veces sí todo tiempo pasado fue mejor realmente