"Papá Noel no existe", era la afirmación más escuchada en los patios de la escuela cuando las clases estaban llegando a su fin y muchos chicos adelantaban a sus compañeros lo que le escribirían en la cartita al gordo del Polo Norte. "Claro que existe, si me trajo la muñeca que quería el año pasado. Además, lo vi pasar con su trineo por el cielo". Es que hace 20 años atrás muchos estábamos seguros de haber visto alguna vez el trineo.
Las Navidades de entonces eran la fiesta del verano. El ritual empezaba a la tarde temprano. Todos a bañarse porque ¿qué pasaría si justo Papá Noel nos encontraba sucios? Pero el viejito de rojo nunca nos encontraba. Era como la búsqueda del gato y el ratón. Nosotros queríamos verlo, pero el anciano se las ingeniaba para llegar siempre cuando no estábamos en casa. A la tardecita, justo un ratito antes de que llegara la hora del corte programado por el gobierno de Alfonsín, nos vestían con los mejores vestidos. Vestidos con flores, y con moños y mariposas; sandalias Nuaret rosas y quizá algún collarcito de perlitas de plástico para estar más a tono con la fiesta. Y salíamos en patota a buscar la comida a la rotisería de Córdoba y Pueyrredón. "¿Ya vino Papá Noel?", preguntaban los porteros de la cuadra, el diariero y hasta el vendedor de la rotisería. Todavía no.
Caminábamos lento por esas calles, mirando el cielo para ver el trineo. A Papá Noel ya lo habíamos visto una vez, en la tienda de Harrods, pero el trineo no estaba y los renos tampoco. Una foto con el color desgastado ya por el tiempo es la única prueba de su existencia, la única prueba empírica, claro.
Al llegar a la puerta esperábamos. No sabíamos qué, pero esperábamos. Y no éramos los únicos. Había varios chicos esperando en el jardín del edificio. Cuando entraban ya no salían igual: volvían con un autito, una bicicleta, una muñeca o con ropa nueva. Era la pauta: Papá Noel ya estaba en el edificio.
El apuro por entrar era enorme, pero la abuela se enojaba con el abuelo que se había quedado en el departamento porque hacía mucho calor y no había querido ir a la rotisería con nosotros. ¡Todas las Navidades pasaba lo mismo! La abuela le tocaba el portero, enojada, al abuelo porque por estar en casa Papá Noel no iba a pasar. Entonces el abuelo bajaba a la puerta, con una sonrisa de oreja a oreja. No parecía estar tan cansado ni tener tanto calor... Pero si él lo decía...
"¿Lo viste?", le preguntábamos. Y siempre contestaba que había oido ruidos y que por eso había salido rápido, no fuera cosa que el gordito de barba lo viera y se asustara y nos dejara nada.
Los minutos se hacían eternos hasta que a cualquiera se le ocurría ir subiendo despacito, para que Papá Noel no se asustara si estaba. Subíamos en susurros, casi sin pisar, conteniendo la respiración. Y a los pies del sillón nuestros zapatitos habían quedado tapados de regalos, y rodeados del agua que los renos habían tirado sin querer.
Ahora nostros bajábamos también a la puerta con la muñeca, con el autito o con el libro para leer en las escalinatas. El viejo también nos había visitado a nosotros. Y respirábamos, porque eso significaba que nos habíamos portado bien. El abuelo miraba sonriendo. Era gordo, pelado y sin barba, pero así y todo ¡se parecía tanto a Papá Noel!