lunes, 28 de julio de 2008

El jazmín de la abuela Viviana

Doña Viviana, o la abuela Vivi, como la conocían en Versalles, se sentaba todas las tardes en el patiecito frente a su casa. Sacaba la silla, un paquete de galletitas y su infaltable tejido. "¡Qué tal, doña Viviana! ¿Cómo se siente hoy?", le preguntaban los vecinos que pasaban por la puerta. Muchos se quedaban hablando largo y tendido. Es que la abuela Vivi era, sino la abuela del barrio, al menos la abuela de la calle Nazarre.
Su edad era un misterio, ni ella la recordaba. "Me confundo -decía- porque cuando me trajeron de España mintieron la edad para que pudiera viajar sola". Pero más o menos todos le calculaban unos noventa años, como mínimo. Vino de la madre Patria a los 14, y se instaló definitivamente en Versalles desde entonces, cuando las calles aún eran de tierra y el barrio recién había sido loteado.

Se casó con un albañil comunista, fundador de La casa del pueblo del partido en el barrio, y tuvo cinco hijos y una vida sin grandes sobresaltos. Sus ojos celestes y el cabello blanco daban toda la imagen de una abuelita afable. Hasta en aquellos días donde la humedad de Buenos Aires hace que todos los huesos del cuerpo se anuden hasta doler se ocupaba de cuidar su jardincito lleno de malvones y jazmines. La planta de jazmín era su orgullo. Y la admiración y sana envidia del resto. Ella lo sabía, por eso siempre repartía jazmines a todos los que se paraban a hablar, cerca de por medio. Es que su planta aromatizaba toda la cuadra.

Entrar a su casa para todos era un misterio. Es que ella no usaba el comedor. Siempre lo tenía con la luz apagada y recibía en el patio, o en el patio techado que estaba entre la puerta de entrada y la cocina. El comedor era una pasadizo oscuro, lleno de muñecas de porcelana de principios de siglo.

A la abuela Vivi le encantaban los chicos, los bisnietos propios y ajenos. Así que a todos los hacía pasar a su casa, y descubrir el boscoso fondo, lleno de hortalizas. Pero cuando se quedaba sola aprovechaba todo el sol con su silla favorita y veía pasar la gente desde adentro. Era chiquita, pero con los años se fue achicando cada vez más. En cualquier momento algún distraído podría confundirla con alguno de los enanos de jardín que engalanaban la humilde casa, hecha con las propias manos de su marido... como se hacían antes las casas.

En los años 60 quedó viuda, y sus hijos ya de a poco iban levantando vuelo. Algunos se quedaron en el barrio, pero otros migraron a barrios más comunes. Porque vivir en Versalles no es común: poca gente sabe ubicarlo en el mapa y lo confunden con Devoto. Desde entonces fue aprendiendo a estar sola y no, porque el barrio entero fue su compañía.

Cuando el peso de los años se hizo sentir con fuerza, empezó a salir al patio con su bastón. Y así y todo siguió atendiendo su jardín. Cuando las piernas le empezaron a fallar aún más, tanto que no la sostenían, si los vecinos la veían en el piso abrían la cerca para levantarla. Porque en aquellos tiempos y en ese barrio, las cercas nunca estaban cerradas del todo.

Veinte años pasaron casi desde que Doña Viviana dejó para siempre su jardín florido de Versalles. Los vecinos la recuerdan todavía y les cuesta reconocer en la casa despojada que hay ahora la casa de la abuela. Si bien la casa sigue en pie, las topadoras del progreso pasaron por encima del jardín, y donde antes había dos grandes lotes de tierra bien sembrada ahora hay dos grandes lugares para guardar dos grandes autos.

Del jazmín no quedaron ni las ramas. Pero el olor en el barrio se conserva porque no hay vecino que no tenga plantado en su pequeño jardincito un pedazo del jazmín de Viviana.

domingo, 27 de julio de 2008

Cartas

¡Hola, Amiga! Te cuento que no voy a poder salir el finde porque voy
atrasadísima con Comunicación 3... ¡Rindo el martes y me faltan tres
unidades!

"Mañana tengo que ir a Tribunales a hacer un trámite. Espero por lo menos
encontrar un abagado, un fiscal, un juez..o aunque sea un delincuente y/o
corrutpo. Algo que lleve pantalones porque esta carencia me está matando".

"Volviste de tu pueblo? Me tienen que hacer un fondo de ojo para ver el aumento
de los lentes... Espero que por lo menos el médico sea joven y esté bueno"

"Ayer se me acabó la pasantía. No lo siento, ya no aguantaba tanta explotación.
Ahora a buscar otro trabajo"

"Ya no aguanto más estar encerrada en casa. Los días pasan y no consigo nada.
Tanto estudiar y el título me lo voy a meter en el culo... Haremos fila en los
baños el día de nuestra graduación"

Las cartas son pedazos de uno. Atesoran recuerdos, fragmentos de nuestra vida pasada. Leyendo cartas de color ocre uno se entera de los viajes de las tías, de las bisabuelas que escribían desde "estas doradas arenas marplatenses" con foto incluida, contando todo lo que hacían en el día. Quizá algunos afortunados atesoren cartas de amor que recibieron ilusionados.
No hay nada como desempolvar el papel viejo, cubierto por el polvo y ajado por el tiempo. Por más tecnología que se invente, el mail jamás reemplazará esa sensación que se sentía cuando abríamos una carta... La incertidumbre de ver rápido el remitente y luego romper el sobre con cuidado para leer el contenido. Con el mail ese ritual añejo se perdió: ya no olemos el papel y el remitente lo descubrimos en un santiamén. Pero si algo conserva el mail cuando se lo usa epistolarmente es la posibilidad de hacer un recorrido por la vida de una persona, con una ventaja ante la carta: tenemos los que recibimos, pero también podemos leer los que enviamos.
Es como un diario íntimo de la cotidianidad, porque escribir un mail no es algo excepcional como lo era escribir una carta. Así, como si fuera un diario, podemos ir recorriendo nuestra propia vida, ver como los años nos arrasaron, lo que el tiempo se llevó, lo que fuimos y lo que somos. En los mails escritos cuando habíamos pasado la barrera de los 20, pero los 20 estaban más cerca que los 30, se puede leer el candor, los sueños... Y uno siente envidia al ver que las únicas preocupaciones eran salir los fines de semana, aprobar los parciales, y conseguir un novio. Quizá había problemas graves, pero se los trataba con humor y esperanza.




"Tengo mucho tiempo libre porque estoy desocupada, así que podemos arreglar para
salir cuando quieras. Todavía no encontré nada, pero seguro con el título todo
será diferente y lo haré".

El tiempo fue pasando y en cuestión de años ese candor se pierde. Los mails se vuelven más sombríos y si hay humor es con un dejo de ironía, triste ironía.



"Ya no me aguanto más, el tiempo me sobra, no sé que hacer. A veces me pregunto
para que mierda elegí estudiar, capaz que si no lo hacía hoy estaba
mejor. Veo hacia delante y todo lo veo negro".

Si se lee detenidamente uno se da cuenta de la metamorfosis del ánimo a través de la escritura, del pasaje de la luz a la oscuridad, de los ventipico más cerca de los veinte a los veintipico bordeando ya los 30.
Los mails parecen más fríos que una carta, pero según quien los escriba pueden tener la calidez de un diario, de un registro detallado de nuestras vidas. Leer el archivo de mails es enfrentarse de cara al pasado, ver la persona que uno fue hace quizá no tantos años, y comparar con la que se es ahora. De lo que fuimos, sólo queda esas cartas en soporte informático.

lunes, 14 de julio de 2008

En el Cervantes

Llueva o truene. Haga calor o haga frío... Todos los días ella vive en la puerta del Teatro Cervantes. A pesar de su cabello entrecano y de la mugre de la calle conserva su coquetería intacta. No dice la edad, se presenta como artista y lleva a todos lados su colección de sombreros. Todos los días lleva puesto uno distinto.
Desde abajo de su sombrero mira a las personas que pasan. Y las personas que pasan no conocen su historia, absortos todos en sus problemas.Para ellos es una linyera más. Pero ella no es una linyera cualquiera. Es un artista, dice, que trabajó en el Cervantes durante años y por eso no abandona por nada del mundo ese lugar.
Varias veces el Gobierno le ha ofrecido pasar la noche en un parador para mujeres sin techo, le han ofrecido subsidios... pero ella no acepta. Afirma ser feliz en su rinconcito, bien cerca del teatro que casi casi, dice, la vio nacer.
Si uno se detiene a escucharla cuenta historias de funciones memorables, de otros tiempos más memorables todavía.
No larga prenda de qué pasó con su casa, si alguna vez la tuvo. Dice que su casa está en ese lugar, que lejos del teatro moriría.
La gente del teatro la conoce, los vecinos también. Por eso nunca le falta el plato de comida y ella en agradecimiento sueltan algún recuerdo que guarda en el baúl de su memoria.
Llega la noche y se va a dormir, cubierta entre cartones y telas, con sus sombreros como única compañía.

miércoles, 2 de julio de 2008

Domingo de shopping por la tarde

Ya no se escucha el chirriar de los carruajes que llevaban las frutas y verduras. Tampoco el paso rápido de las ratas, ni los tangos del Zorzal escapándose por las ventanas de los trabajadores que se asentaron a su alrededor. Del viejo Mercado de Abasto apenas quedó su estructura. Los pisos blancos y brillantes, las escaleras mecánicas, el olor a pochoclos del parque de niños, las bolsas de compras de una clase media que en 1934 cuando se inauguró el edificio jamás se hubiera acercado a ese barrio de compadritos, contrastan con aquel pasado de tangueros y malevaje. Las voces de los vendedores ambulantes y los chicos jugando en la vereda, y el rumor de los carros se callaron cuando el Consejo Deliberante decidió en 1984 cerrar el mercado para siempre. Como todo pueblo que surge en torno a una industria o a una empresa, cuando el mercado cerró, el Abasto se convirtió en un barrio fantasma. Del edificio abandonado huyeron hasta las ratas, pero los conventillos quedaron firmes a su alrededor con un tendal de desocupados e inmigrantes que llegaron a la ciudad y encontraron en las piezas de alquiler de la zona un lugar para vivir bajo un techo medianamente digno (pocamente digno).

Ese lugar extraño donde Balvanera se transforma en Almagro, al que el mercado le dio un nombre propio, se transformó en un lugar prohibido: "Por Corrientes no vamos, está lleno de delincuentes", "¿El Abasto? Ni loca paso por ahí. Desviemos". Hasta un diario lo tituló como "El Bronx porteño" y le endilgó ser un antro de drogas, prostitución y marginalidad. Mientras tanto, el viejo edificio art decó soportaba estoico el paso del tiempo, transformado casi como una casita del terror, aunque estaba cerrado hermético. Era el símbolo de la decadencia del barrio.


Y llegaron los frívolos '90 con la cultura shopping a la cabeza. Y cuando los 90 declinaban a un intendente de la ciudad, devenido Jefe de gobierno, se le ocurrió el plan para "salvar" al barrio de la marginalidad: hacer del viejo mercado un shopping "para unos pocos", para pitucos. ¿Qué hubiera pensado Gardel?


Así, el mercado que hizo famoso al mundo Tita Merello con la película homónima se convirtió por arte del capitalismo en un centro comercial mucho más cool que el de antaño, sin olor a frutas podridas; con olor a ropa nueva y perfume francés.


Por esas ironías posmodernas de la historia el barrio de Abasto se convirtió en las lomas de San Isidro parte dos, en la típica postal latinoamericana donde pobreza y opulencia vergonzosa conviven cínicamente una junto a la otra: la villa al lado del country, en este caso, el shopping de no menos de 200 pesos la remera al lado del conventillo donde 200 pesos es la entrada de dinero de cada familia.


Los sábados y los domingos las 4 x 4 estacionan en las calles del barrio y las señoras bajan dispuestas a reventar la tarjeta de crédito. Los niños de los conventillos miran desde afuera la riqueza. Apenas pueden refrescarse las cabezas en las fuentes durante el verano. Eso sí, en las fuentes que están en la calle porque a diferencia de hace tres cuartos de siglo, chicos del barrio a este centro comercial no entran. La seguridad les veda la entrada y ellos se conforman con ver -la ñata junto al vidrio- el despilfarro ajeno en el corazón de su barrio. La clase media gasta dinero adentro y los chicos pobres gastan la vida mirando ese mundo de consumo inaccesible. Los opuestos parecen atraerse pero no juntarse, separados por una pared invisible.


Los intrusos le temen a los originarios del barrio. Al salir del shopping agarran fuerte las carteras y las bolsas y miran con desconfianza a los nenes que en la entrada les piden una monedita. Los nenes en cambio miran con curiosidad ese mundo que les está vedado. Los visitantes al salir se encontrarán sobre Anchorena con un clon de Gardel entonando un tango, las casas fileteadas, parejas bailando a cambio de los dólares de los turistas, cantinas típicas y fotos añejas del viejo barrio. Una parodia patética, pasada por el tamiz de una posmodernidad cool, de una historia que pasó.