Ese lugar extraño donde Balvanera se transforma en Almagro, al que el mercado le dio un nombre propio, se transformó en un lugar prohibido: "Por Corrientes no vamos, está lleno de delincuentes", "¿El Abasto? Ni loca paso por ahí. Desviemos". Hasta un diario lo tituló como "El Bronx porteño" y le endilgó ser un antro de drogas, prostitución y marginalidad. Mientras tanto, el viejo edificio art decó soportaba estoico el paso del tiempo, transformado casi como una casita del terror, aunque estaba cerrado hermético. Era el símbolo de la decadencia del barrio.
Y llegaron los frívolos '90 con la cultura shopping a la cabeza. Y cuando los 90 declinaban a un intendente de la ciudad, devenido Jefe de gobierno, se le ocurrió el plan para "salvar" al barrio de la marginalidad: hacer del viejo mercado un shopping "para unos pocos", para pitucos. ¿Qué hubiera pensado Gardel?
Así, el mercado que hizo famoso al mundo Tita Merello con la película homónima se convirtió por arte del capitalismo en un centro comercial mucho más cool que el de antaño, sin olor a frutas podridas; con olor a ropa nueva y perfume francés.
Por esas ironías posmodernas de la historia el barrio de Abasto se convirtió en las lomas de San Isidro parte dos, en la típica postal latinoamericana donde pobreza y opulencia vergonzosa conviven cínicamente una junto a la otra: la villa al lado del country, en este caso, el shopping de no menos de 200 pesos la remera al lado del conventillo donde 200 pesos es la entrada de dinero de cada familia.
Los sábados y los domingos las 4 x 4 estacionan en las calles del barrio y las señoras bajan dispuestas a reventar la tarjeta de crédito. Los niños de los conventillos miran desde afuera la riqueza. Apenas pueden refrescarse las cabezas en las fuentes durante el verano. Eso sí, en las fuentes que están en la calle porque a diferencia de hace tres cuartos de siglo, chicos del barrio a este centro comercial no entran. La seguridad les veda la entrada y ellos se conforman con ver -la ñata junto al vidrio- el despilfarro ajeno en el corazón de su barrio. La clase media gasta dinero adentro y los chicos pobres gastan la vida mirando ese mundo de consumo inaccesible. Los opuestos parecen atraerse pero no juntarse, separados por una pared invisible.
Los intrusos le temen a los originarios del barrio. Al salir del shopping agarran fuerte las carteras y las bolsas y miran con desconfianza a los nenes que en la entrada les piden una monedita. Los nenes en cambio miran con curiosidad ese mundo que les está vedado. Los visitantes al salir se encontrarán sobre Anchorena con un clon de Gardel entonando un tango, las casas fileteadas, parejas bailando a cambio de los dólares de los turistas, cantinas típicas y fotos añejas del viejo barrio. Una parodia patética, pasada por el tamiz de una posmodernidad cool, de una historia que pasó.
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