"Es la última vez que veo el barrio", dice. Y nadie le cree porque a pesar de sus ochenta y tantos tiene una salud de hierro. Está susceptible por la reciente internación, y por no haber salido durante meses. "Las únicas salidas que hago desde hace un año son al hospital", tira sin recordar que hace más de quince años decidió guardarse en su casa porque ya no podía caminar derecha.
En la silla de ruedas, tapada con un frazada gris y de cara a la ventanilla de la ambulancia que la lleva de Barrio Norte a Flores, donde está su nuevo hogar, mira el recorrido. Por momentos sus ojos se entrecierran de sueño, pero hace el esfuerzo por abrirlos y mirar. Se asombra al ver "la mercería" que pusieron en Plaza Houssay, como bautizó a la feria artesanal. Le da pena ver que la fuente de la plaza Monseñor D'Andrea no anda y recuerda que en esa plaza cuando estaba llena de flores su nieta se sacó las fotos de los 15. Ahora lo que era pasto es pura tierra.
Cuando llega al ruido de Gaona se asusta por los bocinazos y un taxista que se baja del auto dispuesto a golpear a otro tipo. Se ríe porque le parece raro. Hacía décadas que no veía una escena así en un semáforo.
A medida que entra a Flores todo le parece extraño, aunque Esthercita nació a pocas cuadras de ahí, en el barrio de Versalles cuando las calles todavía eran de tierra; y aunque cuenta como hazaña que cuando era joven se iba caminando por la Rivadavia en tacos punta aguja desde la estación de Liniers hasta Caballito. Pero, claro... en más de medio siglo los barrios cambiaron y ya apenas recuerda las calles del suburbio que la vio nacer. Con los años la memoria suele jugar esas malas pasadas.
Ya está en la esquina, sobre la calle Bolivia, y no reconoce tampoco. "Ya estamos", escucha. "Este es mi último viaje, y lo hago en ambulancia", dice.
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