martes, 27 de mayo de 2008

Patria es humanidad

Hace 198 años el primer grito solapado de independencia salió de Buenos Aires y fue llevado por Mariano Moreno a los pueblos del interior. O al menos intentó hacerlo. Claro que esa Buenos Aires no era la misma que ahora: ocupaba apenas unas cuadras de lo que hoy es Barracas, San Telmo y Monserrat. Pero en esas pocas manzanas por primera vez se habló de la Patria.
Hay patrias grandes, patrias chicas. Patrias generosas, patrias injustas. Patrias que son barrios, patrias que son países, patrias que son un continente entero. Hay tantas patrias como personas. ¿ Pero qué es exactamente la patria?

"Patria es humanidad", decía José Martí. Y no hay definición de patria que resuma mejor el espíritu de los revolucionarios de mayo de 1810. El espíritu de Castelli, de Moreno, de Belgrano, de French y Beruti... Ellos pensaban una Argentina (aunque todavía no la llamaran así) esencialmente humana. En ese país idílico que imaginaron alguna vez no habría diferencias entre los burgueses, criollos, entre los negros, los indios. La propiedad de la tierra sería repartida. No habría latifundios. La prensa nos haría libres y la educación sería el principal deber del estado, porque sin educación no habían democracia e igualdad posibles.

Para ellos la Patria era sinónimo de libertad, de autodeterminación. Esa humanidad que caracterizaría al nuevo estado, al hombre nuevo, sería la Patria. Una Patria que contuviera y no que expulsara, una Patria que fuera un lugar de llegada, una Patria que nos hiciera humanos.

¿Quedó algo de aquel sueño? Belgrano, Moreno, Castelli, ¿fueron vencedores o vencidos? A su manera vencieron cuando casi 200 años después muchos eligen levantar de nuevo sus banderas. Pero son vencidos cada vez que la desigualdad mata a un hombre de hambre, cuando los niños en lugar de ir a la escuela tienen que salir a trabajar, cuando la burguesía terrateniente se empeña en seguir con sus enormes latifundios y para todo un país porque no acepta que se les aplique un impuesto absolutamente progresivo.

¿Ellos sabrían que perderían? Imposible saberlo. Lo que importa es que, hombres como nosotros, intentaron el cambio y trataron de darnos unas bases para el desarrollo de la Nación.

En "La revolución es un sueño eterno", la exquisita novela histórica en la que Andrés Rivera relata los últimos días del orador de la Revolución, Juan José Castelli, éste se pregunta en un soliloquio:

"¿Juré, de rodillas en la sala capitular del Cabildo, que no iría más lejos que mi propia sombra, que nunca diría ellos o nosotros?

Juré que la revolución no sería un té servido a las cinco de la tarde".

¿Acaso la revolución fue sólo eso? ¿Algo tan intrascendente como el aristocrático té que se toma a las cinco de la tarde? En nosotros está que no lo sea.

viernes, 23 de mayo de 2008

Dulce María

Yo no tengo la culpa, señorita. Yo no quisiera que mis hijos vivieran ahí porque es peligroso, vio. Yo sé que se me puede escapar alguno, y el tren no perdona. Pero no tenía otra. Alquilar, con los chicos, no me alquilan. Ni siquiera una habitación roñosa en un hotel. Tampoco podría pagarla. Por una sin baño ni cocina te piden 500 pesos... ¿Cómo puedo pagar yo 500 mangos una pieza? ¡No comemos! Entonces, prefiero el rancho acá, al costado de la vía. Ya vinieron muchas asistentes, señorita, y todas me dicen: "Dulce María, usted no puede seguir acá, es peligroso para sus hijos y usted". ¿Pero a dónde me puedo ir? Espero que el plan me ayude, a que por lo menos lo que junto del cartón me sirva para poder pagarme algo... y con el plan comprar la comida, vio... Pero se hace difícil con cuatro niños y sola.
¿Si en Bolivia estaba mejor? No. Estaba igual. Lo único que el rancho ahí era en las afueras de la ciudad, lejos del tren... ¿Pero sabe una cosa? No me arrepiento de haberme venido. Extraño, sí. Pero allá mis hijos no tendrían ningún futuro. No, de verdad... No tendrían ningún futuro. ¿Si acá lo tienen? No sé... Pero más que allá seguro.

Acá por lo menos pueden estudiar. Allá no, tengo que pagar y la plata que no tengo acá no la tengo allá tampoco.
También acá tengo la salita. Cuando están enfermos corro a una de las salitas del barrio, por La Paternal hay una... Y ahí me dan todo gratis. En la escuela los chicos también comen gratis. Los dejo todo el día ahí, y sólo tengo que preocuparme de tener algo para la cena... Algo, porque son tan buenos que en el colegio me mandan lo que sobra del mediodía.
Al tren te acostumbras... Por la noche no pasa y podés dormir tranquila. El tema es de día, retumba todo. Y tengo que fijarme que el Axel no se me escape... Porque como está aprendiendo a caminar, es muy inquieto. ¿Vio? Ellos se quedan todos con Yulisa, la mayor. Mientras yo salgo ella los cuida. Tiene 13 años nomás, pero es toda una mujer. A veces me da una mano. Si los nenes están en el colegio se viene conmigo a cartonear. No, ella no va a la escuela. Terminó séptimo ya. Me gustaría que siguiera, pero la necesito en casa.
Yo sé coser. Aprendí en Bolivia. Mi mamá me enseñó. Me vine porque me ofrecieron un trabajo en un taller de costura por Floresta. Pero era una trampa, señorita. No me dejaban salir, y no me pagaban. Un día cayó la policía y nos liberaron. Y así es que caí acá. No tenía a donde ir, estaba con los cuatro, y no tenía muchas opciones. ¿Coser acá? ¡Imposible! Una señora una vez quiso donarme una máquina, pero ¿quién le va a traer la ropa para arreglar a una señora que vive en las vías del tren? Nadie, y no me engaño. Quizá cuando me pueda conseguir algún otro lugar... Quizá ahí pueda dedicarme a la costura. Pero acá en el tren no.
La gente es buena, señorita. Bueno, no todos. Algunos que pasan en el tren nos insultan. También nos quisieron desalojar muchas veces. Y otros que pasan se escapan pensando que le vamos a robar. ¿Pero qué tontos, no? Si nosotros fuéramos ladrones no estaríamos viviendo acá. Seguro nos iría mucho mejor. Yo le digo a mis niños que es preferible no tener un plato de comida a la noche que terminar preso en la cárcel por salir a robar. Yo quiero que ellos sean dignos, señorita.
La otra vez vino un político y nos dijo que nos sacarían de acá. Yo no sé si creerles. Siempre prometen. Aparte capaz que nos sacan, pero no nos dan otro lugar y eso sí que no nos sirve.
Yo siento a la Argentina como mía, señorita. Yo elegí que mis niños se criaran acá. Por eso no me voy a ir. Pero sí quisiera irme lejos del tren, señorita. ¿Usted cree que lo lograré alguna vez?

lunes, 12 de mayo de 2008

A las tres y diez de la tarde

A las tres y diez de la tarde el tiempo pasa, monótono. El lugar común dice que solamente los pueblos se detienen a la hora de la siesta, pero el lugar común entonces nunca vio Buenos Aires a las tres y diez de la tarde.
Los minutos atrapados entre las tres y diez y las cuatro y media bailan en un limbo entre el mediodía y la tarde viva. Porque esos 80 minutos están muertos. Los trabajadores, encerrados en las oficinas; las amas de casa, en sus casas; y los niños en la escuela. Las calles, por lo tanto, quedan libres. Las hamacas quietas, y el silencio sólo se rompe por el ruido de las hojas arrastradas por el viento o por el motor de algún colectivo que pasa casi vacío.
En avenida Santa Fé o en Cabildo los vendedores hacen tiempo en los locales esperando que la hora muerta pase. Si un cliente no afectado por el síndrome de las tres y diez osa entrar a un local, los empleados se miran, esperan y en un código secreto deciden quién atiende al cliente insistente.
No hay nada como caminar en los barrios de casas bajas durante esa hora banal. En las calles empedradas los autos esperan. Una mujer teje detrás de una ventana enrejada, con la cortina a medias corrida y otra, en otra ventana, le da la teta a un bebé. Se respira aire puro. Se escuchan las pisadas y el reventar de las pelotitas que caen de los árboles y que sin querer se aplastan con el pie.
Si es otoño o invierno los apenas tibios rayos del sol calientan el cemento frío. Pero si es verano los caminantes bendicen las ramas que los cubren, en esos barrios de casas bajas.
Si otro rebelde decide pasear por la ciudad vacía y justo se topa con uno, uno se sorprende. Lo mira y baja la vista enseguida. Queda incómodo, quizá porque ve reflejado en el otro, como en un espejo, su propia rebeldía. Si el otro viene de atrás y uno sólo siente las pisadas, uno acelera el paso, mirando de reojo. El otro da miedo y no lo calma ni siquiera el olor a flores frescas que sale de los patios. Para tranquilizarse, uno se hace el distraído, se entretiene mirando un jardín o el cartel de algún negocio y deja que el otro se adelante, y respira más tranquilo si lo ve entrar a un casa.
El mundo de las tres y diez parece una madrugada en el medio de la tarde, una madrugada que termina de golpe cuando los chicos salen de la escuela y la calle se llena de guardapolvos blancos, uniformes y mochilas. Las plazas de a poco se pueblan y el silencio de la hora sin nombre queda tapado por el griterío, las bocinas y los pasos de las mujeres que hacen las compras y los trabajadores que van saliendo de las oficinas. Los negocios empiezan a funcionar normalmente, una vez más y la ciudad cobra vida.
El tiempo pasa más rápido, la vida vuelve a su curso habitual. Pero se sabe: las tres y diez, la hora muerta, la hora sin nombre, volverá al día siguiente y con ella esa monotonía densa. Ese remanso en medio de los nervios de la ciudad. Ese momento en que el tiempo se para, la gente desaparece y uno aprovecha para escribir esta nota.

viernes, 2 de mayo de 2008

Cruzando unas cuadras

Aparecía por las noches y por las tardes. Cuando uno menos lo esperaba lo veía llegar rápido, con las manos en el bolsillo, mirando el piso. Interceptaba a la salida del supermercado, de la verdulería o cuando ya cerca de la medianoche uno bajaba a abrirle al delivery de la pizza. Sus ojos oscuros de mirada inocente hacían imposible tener el coraje suficiente para decirle que no. Es que tampoco nadie podría decirle "NO", porque ¿quién puede decirle que no a un niño de no más de 13 años? ¿Quién puede decir que no a un chico de 13 años que mira suplicando y con la dignidad intacta? Es que sus ojos intimidaban desde la vergüenza que generaba en todos, por más que ninguno de esos "todos" fuera culpable. Pero era imposible mirar a otro lado, y menos cuando se acercaba con respeto, miedoso aunque seguro y pedía un pedazo de pizza o una empanada. Muchas veces quisieron darle la pizza entera, pero él se iba dando las gracias y con la porción en la mano. No la comía toda aunque sí la transportaba con cuidado.

Siempre llevaba una camisita a cuadros y un jogging, fuera invierno o verano. Y la raya al costado en el pelo, perfecta, daba la pauta de que como todo adolescente pasaba horas frente al espejo para tratar de estar a la moda. Es que de verdad él era un nene hermoso.

Lo que empezó como algo excepcional terminó siendo común y todos esperábamos encontrarlo de un momento a otro, a la vuelta de cualquier esquina. A veces al cruzarnos simplemente saludaba. Otras preguntaba qué había uno comprado en lo de Alberto, y no esperábamos que preguntara más: directamente le dábamos 4 o 5 manzanas, o mandarinas.

Lo curioso es que todos lo conocíamos en el barrio, pero nadie sabía nada de él. Nadie le había preguntado nada.

Una noche lo encontré en la puerta del mercado. Ya como parte del ritual que se había establecido abrí la bolsa para darle algo.
- ¡Gracias! Para mis hermanos...

- ¿Y tenés muchos hermanos vos?

- Somos 5.

- ¿Vivís por acá?

- Por allá, cruzando, unas cuadras para adentro, en una pieza- dijo mientras señalaba con su dedito la avenida que separaba Barrio Norte de Once.

Pude averiguar que se llamaba Diego, "por el Diego", como aclaró con orgullo. Lo crucé varias veces más y me siguió contando. Su mamá cosía para afuera cuando tenía trabajo, él era el mayor, del papá no tenía noticias y como era el hombre de la casa tenía que cuidar a sus hermanos, la menor de un año. Iba a la escuela de la calle Larrea y su mamá lo mataría si se enteraba que pedía cosas en la calle, pero él tenía que ayudar de alguna manera porque la habitación del conventillo estaba cada día más cara. Aprovechaba cuando la madre no estaba para salir y después darle algo a los hermanitos. Y ella nunca se enteraba.

Un día no apareció más. En el barrio piensan todos que deben haber conseguido una pensión más barata, o que quizá la madre lo descubrió y no lo dejó volver a salir. Pasaron unos años, pero algunos seguimos esperando encontrarlo de imprevisto a la vuelta de cualquier esquina.