Hay patrias grandes, patrias chicas. Patrias generosas, patrias injustas. Patrias que son barrios, patrias que son países, patrias que son un continente entero. Hay tantas patrias como personas. ¿ Pero qué es exactamente la patria?
"Patria es humanidad", decía José Martí. Y no hay definición de patria que resuma mejor el espíritu de los revolucionarios de mayo de 1810. El espíritu de Castelli, de Moreno, de Belgrano, de French y Beruti... Ellos pensaban una Argentina (aunque todavía no la llamaran así) esencialmente humana. En ese país idílico que imaginaron alguna vez no habría diferencias entre los burgueses, criollos, entre los negros, los indios. La propiedad de la tierra sería repartida. No habría latifundios. La prensa nos haría libres y la educación sería el principal deber del estado, porque sin educación no habían democracia e igualdad posibles.
Para ellos la Patria era sinónimo de libertad, de autodeterminación. Esa humanidad que caracterizaría al nuevo estado, al hombre nuevo, sería la Patria. Una Patria que contuviera y no que expulsara, una Patria que fuera un lugar de llegada, una Patria que nos hiciera humanos.
¿Quedó algo de aquel sueño? Belgrano, Moreno, Castelli, ¿fueron vencedores o vencidos? A su manera vencieron cuando casi 200 años después muchos eligen levantar de nuevo sus banderas. Pero son vencidos cada vez que la desigualdad mata a un hombre de hambre, cuando los niños en lugar de ir a la escuela tienen que salir a trabajar, cuando la burguesía terrateniente se empeña en seguir con sus enormes latifundios y para todo un país porque no acepta que se les aplique un impuesto absolutamente progresivo.
¿Ellos sabrían que perderían? Imposible saberlo. Lo que importa es que, hombres como nosotros, intentaron el cambio y trataron de darnos unas bases para el desarrollo de la Nación.
En "La revolución es un sueño eterno", la exquisita novela histórica en la que Andrés Rivera relata los últimos días del orador de la Revolución, Juan José Castelli, éste se pregunta en un soliloquio:
"¿Juré, de rodillas en la sala capitular del Cabildo, que no iría más lejos que mi propia sombra, que nunca diría ellos o nosotros?
Juré que la revolución no sería un té servido a las cinco de la tarde".
¿Acaso la revolución fue sólo eso? ¿Algo tan intrascendente como el aristocrático té que se toma a las cinco de la tarde? En nosotros está que no lo sea.