viernes, 23 de mayo de 2008

Dulce María

Yo no tengo la culpa, señorita. Yo no quisiera que mis hijos vivieran ahí porque es peligroso, vio. Yo sé que se me puede escapar alguno, y el tren no perdona. Pero no tenía otra. Alquilar, con los chicos, no me alquilan. Ni siquiera una habitación roñosa en un hotel. Tampoco podría pagarla. Por una sin baño ni cocina te piden 500 pesos... ¿Cómo puedo pagar yo 500 mangos una pieza? ¡No comemos! Entonces, prefiero el rancho acá, al costado de la vía. Ya vinieron muchas asistentes, señorita, y todas me dicen: "Dulce María, usted no puede seguir acá, es peligroso para sus hijos y usted". ¿Pero a dónde me puedo ir? Espero que el plan me ayude, a que por lo menos lo que junto del cartón me sirva para poder pagarme algo... y con el plan comprar la comida, vio... Pero se hace difícil con cuatro niños y sola.
¿Si en Bolivia estaba mejor? No. Estaba igual. Lo único que el rancho ahí era en las afueras de la ciudad, lejos del tren... ¿Pero sabe una cosa? No me arrepiento de haberme venido. Extraño, sí. Pero allá mis hijos no tendrían ningún futuro. No, de verdad... No tendrían ningún futuro. ¿Si acá lo tienen? No sé... Pero más que allá seguro.

Acá por lo menos pueden estudiar. Allá no, tengo que pagar y la plata que no tengo acá no la tengo allá tampoco.
También acá tengo la salita. Cuando están enfermos corro a una de las salitas del barrio, por La Paternal hay una... Y ahí me dan todo gratis. En la escuela los chicos también comen gratis. Los dejo todo el día ahí, y sólo tengo que preocuparme de tener algo para la cena... Algo, porque son tan buenos que en el colegio me mandan lo que sobra del mediodía.
Al tren te acostumbras... Por la noche no pasa y podés dormir tranquila. El tema es de día, retumba todo. Y tengo que fijarme que el Axel no se me escape... Porque como está aprendiendo a caminar, es muy inquieto. ¿Vio? Ellos se quedan todos con Yulisa, la mayor. Mientras yo salgo ella los cuida. Tiene 13 años nomás, pero es toda una mujer. A veces me da una mano. Si los nenes están en el colegio se viene conmigo a cartonear. No, ella no va a la escuela. Terminó séptimo ya. Me gustaría que siguiera, pero la necesito en casa.
Yo sé coser. Aprendí en Bolivia. Mi mamá me enseñó. Me vine porque me ofrecieron un trabajo en un taller de costura por Floresta. Pero era una trampa, señorita. No me dejaban salir, y no me pagaban. Un día cayó la policía y nos liberaron. Y así es que caí acá. No tenía a donde ir, estaba con los cuatro, y no tenía muchas opciones. ¿Coser acá? ¡Imposible! Una señora una vez quiso donarme una máquina, pero ¿quién le va a traer la ropa para arreglar a una señora que vive en las vías del tren? Nadie, y no me engaño. Quizá cuando me pueda conseguir algún otro lugar... Quizá ahí pueda dedicarme a la costura. Pero acá en el tren no.
La gente es buena, señorita. Bueno, no todos. Algunos que pasan en el tren nos insultan. También nos quisieron desalojar muchas veces. Y otros que pasan se escapan pensando que le vamos a robar. ¿Pero qué tontos, no? Si nosotros fuéramos ladrones no estaríamos viviendo acá. Seguro nos iría mucho mejor. Yo le digo a mis niños que es preferible no tener un plato de comida a la noche que terminar preso en la cárcel por salir a robar. Yo quiero que ellos sean dignos, señorita.
La otra vez vino un político y nos dijo que nos sacarían de acá. Yo no sé si creerles. Siempre prometen. Aparte capaz que nos sacan, pero no nos dan otro lugar y eso sí que no nos sirve.
Yo siento a la Argentina como mía, señorita. Yo elegí que mis niños se criaran acá. Por eso no me voy a ir. Pero sí quisiera irme lejos del tren, señorita. ¿Usted cree que lo lograré alguna vez?

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