Inesita se sentaba todas las tardes en el patio. Se ponía su vestido rosa oscuro, sus zapatos de cordones y esperaba en su sillón de mimbre con una paciencia china, intelectualizada, estoica.
Cansaba verla ahí, en su silla, siempre con la misma ropa. Siempre a las 17:45. Ni un minuto más, ni un minuto menos. Con el pelo adornado por una vincha, se sentaba a mirar la calle y esperar. Cansaba verla siempre quieta, siempre erguida, con una sonrisa misteriosa que apenas se percibía en sus labios.
Inesita, desde su silla, veía pasar la vida. Veía a los niños que salían con sus guardapolvos de la escuela y cambiaban figuritas en la esquina. Veía a las ancianas que con sus bastones hacían equilibrio para esquivar los adoquines rotos de las veredas de Barracas. Veía a las parejas que caminaban de la mano y se besaban antes de cruzar la calle.
Inesita veía como los otros vivían y esperaba. De lunes a sábado, a la misma hora y en el mismo lugar, con el mismo vestido y la misma expresión expectante, Inesita soñaba quizá despierta. O a lo mejor no soñaba y pensaba en nada. Difícil saberlo porque Inesita sólo observaba. No hablaba.
Los domingos a las 19 abría el portón del jardín e Inesita salía a paso firme, con un vestido rojo, el pelo recogido y una cartera diminuta. Caminaba las mismas calles en las que los niños jugaban, los ancianos tropezaban y las parejas se besaban. Miraba para adelante, siempre ida, siempre constante. Cuando llegaba a la iglesia no entraba enseguida. Cerraba los ojos y agarraba fuerte la reja que separa el atrio. Como un rito, con los párpados caídos, parecía recitar una plegaria por dentro. Luego entraba y tocaba la estatua.
Inesita creía en los milagros. Inesita se acordaba cuando hacía muchos años atrás, cuando todavía sus carnes estaban en su lugar y la tintura no tapaba sus canas, su madre le había hablado de la Santa Milagrosa a la que 50 años antes le había pedido y de buenas a primeras le puso un novio en la puerta, la misma en la que Inesita se sentaba.
Inesita volvía cargada de esperanzas a su casa y sabía que al día siguiente volvería a calzarse el mismo vestido rosa, los zapatos acordonados y la vincha y se sentaría a seguir con la espera en su silla de mimbre, en su patio de Barracas.
Un día Inesita vio que un hombre se paró en su puerta. Escuchó como le hablaba de los cerezos, de la poesía, de la luna, de las estrellas, del verano, de la primavera, del blanco, del arroz, de la vida eterna. Lo escuchó durante meses. Primero los miércoles, luego también los viernes y por último todos los días. Menos el domingo, claro, que Inesita enfilaba para la iglesia.
El hombre quiso entrar. No sólo esquivar la silla de mimbre y cruzar la puerta de madera, sino entrar al silencio de Inesita. La espera de Inesita parecía haberse terminado.
Pero fue quizá la costumbre, quizá los años. Quizá el tiempo que se había eternizado en un presente sin espacio. Es que Inesita, ahora, quería dormir sola.