Los minutos atrapados entre las tres y diez y las cuatro y media bailan en un limbo entre el mediodía y la tarde viva. Porque esos 80 minutos están muertos. Los trabajadores, encerrados en las oficinas; las amas de casa, en sus casas; y los niños en la escuela. Las calles, por lo tanto, quedan libres. Las hamacas quietas, y el silencio sólo se rompe por el ruido de las hojas arrastradas por el viento o por el motor de algún colectivo que pasa casi vacío.
En avenida Santa Fé o en Cabildo los vendedores hacen tiempo en los locales esperando que la hora muerta pase. Si un cliente no afectado por el síndrome de las tres y diez osa entrar a un local, los empleados se miran, esperan y en un código secreto deciden quién atiende al cliente insistente.
No hay nada como caminar en los barrios de casas bajas durante esa hora banal. En las calles empedradas los autos esperan. Una mujer teje detrás de una ventana enrejada, con la cortina a medias corrida y otra, en otra ventana, le da la teta a un bebé. Se respira aire puro. Se escuchan las pisadas y el reventar de las pelotitas que caen de los árboles y que sin querer se aplastan con el pie.
Si es otoño o invierno los apenas tibios rayos del sol calientan el cemento frío. Pero si es verano los caminantes bendicen las ramas que los cubren, en esos barrios de casas bajas.
Si otro rebelde decide pasear por la ciudad vacía y justo se topa con uno, uno se sorprende. Lo mira y baja la vista enseguida. Queda incómodo, quizá porque ve reflejado en el otro, como en un espejo, su propia rebeldía. Si el otro viene de atrás y uno sólo siente las pisadas, uno acelera el paso, mirando de reojo. El otro da miedo y no lo calma ni siquiera el olor a flores frescas que sale de los patios. Para tranquilizarse, uno se hace el distraído, se entretiene mirando un jardín o el cartel de algún negocio y deja que el otro se adelante, y respira más tranquilo si lo ve entrar a un casa.
El mundo de las tres y diez parece una madrugada en el medio de la tarde, una madrugada que termina de golpe cuando los chicos salen de la escuela y la calle se llena de guardapolvos blancos, uniformes y mochilas. Las plazas de a poco se pueblan y el silencio de la hora sin nombre queda tapado por el griterío, las bocinas y los pasos de las mujeres que hacen las compras y los trabajadores que van saliendo de las oficinas. Los negocios empiezan a funcionar normalmente, una vez más y la ciudad cobra vida.
El tiempo pasa más rápido, la vida vuelve a su curso habitual. Pero se sabe: las tres y diez, la hora muerta, la hora sin nombre, volverá al día siguiente y con ella esa monotonía densa. Ese remanso en medio de los nervios de la ciudad. Ese momento en que el tiempo se para, la gente desaparece y uno aprovecha para escribir esta nota.
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