"Alta en el cielo una águila guerrera..."; y las clases empezaban. Con las gomas de animalitos, los lápices con dibujos y las cartucheras de He-man o Frutillitas. Los chicos leían de los libros de lectura y en los recreos se jugaba a todas las manchas, a la marinerita, a la rayuela. Sólo se discutía por quién hacía de San Martín en el acto, quién de Merceditas. La maestra era realmente una segunda madre a la que incluso la invitábamos a los cumpleaños. Cumpleaños que se celebraban en las casas, con bonetes, bolsitas de cotillón como souvenir y con la música de María Elena Walsh o "La batalla del movimiento".
Nadie salía del colegio si no estaba el padre/tutor o encargado esperando en la puerta... Y sólo esperábamos al salir no ser los últimos. Los ojitos desesperados buscaban a la mamá, el abuelo, el vecino... Y nos íbamos felices sabiendo que en casa nos esperaba el café con leche en compañía de Los Pitufos.
Veinte años pasaron y ya nada es igual... nada es mejor tampoco. Los guardapolvos con tablitas quedaron guardados en los baúles de los recuerdos de las madres y abuelas. Las nenas jamás se dejarían hacer las trenzas y ni hablar de los cortes taza. Los juegos tampoco son los mismos. La diversión es pelearse por la violencia misma. La música de la infancia de ahora no es la de la suave María Elena sino la de cualquier rocker de moda, ni los programas de TV la cultura naif de antaño. La merienda hoy se toma junto con el caño de Bailando por un sueño.
Quizá por la privatización de la vida que se produjo en los '90 ya no se festejan los cumpleaños en las casas sino en los insípidos peloteros, donde ni siquiera hay calor de hogar.
Las costumbres cambiaron, la infancia no es la misma. Quizá la nostalgia hace que veamos el pasado como un tiempo mejor. Pero a veces la realidad que los noticieros nos muestra da la pauta que a veces sí todo tiempo pasado fue mejor realmente
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