¡Hola, Amiga! Te cuento que no voy a poder salir el finde porque voy
atrasadísima con Comunicación 3... ¡Rindo el martes y me faltan tres
unidades!
"Mañana tengo que ir a Tribunales a hacer un trámite. Espero por lo menos
encontrar un abagado, un fiscal, un juez..o aunque sea un delincuente y/o
corrutpo. Algo que lleve pantalones porque esta carencia me está matando".
"Volviste de tu pueblo? Me tienen que hacer un fondo de ojo para ver el aumento
de los lentes... Espero que por lo menos el médico sea joven y esté bueno"
"Ayer se me acabó la pasantía. No lo siento, ya no aguantaba tanta explotación.
Ahora a buscar otro trabajo"
"Ya no aguanto más estar encerrada en casa. Los días pasan y no consigo nada.
Tanto estudiar y el título me lo voy a meter en el culo... Haremos fila en los
baños el día de nuestra graduación"
Las cartas son pedazos de uno. Atesoran recuerdos, fragmentos de nuestra vida pasada. Leyendo cartas de color ocre uno se entera de los viajes de las tías, de las bisabuelas que escribían desde "estas doradas arenas marplatenses" con foto incluida, contando todo lo que hacían en el día. Quizá algunos afortunados atesoren cartas de amor que recibieron ilusionados.
No hay nada como desempolvar el papel viejo, cubierto por el polvo y ajado por el tiempo. Por más tecnología que se invente, el mail jamás reemplazará esa sensación que se sentía cuando abríamos una carta... La incertidumbre de ver rápido el remitente y luego romper el sobre con cuidado para leer el contenido. Con el mail ese ritual añejo se perdió: ya no olemos el papel y el remitente lo descubrimos en un santiamén. Pero si algo conserva el mail cuando se lo usa epistolarmente es la posibilidad de hacer un recorrido por la vida de una persona, con una ventaja ante la carta: tenemos los que recibimos, pero también podemos leer los que enviamos.
Es como un diario íntimo de la cotidianidad, porque escribir un mail no es algo excepcional como lo era escribir una carta. Así, como si fuera un diario, podemos ir recorriendo nuestra propia vida, ver como los años nos arrasaron, lo que el tiempo se llevó, lo que fuimos y lo que somos. En los mails escritos cuando habíamos pasado la barrera de los 20, pero los 20 estaban más cerca que los 30, se puede leer el candor, los sueños... Y uno siente envidia al ver que las únicas preocupaciones eran salir los fines de semana, aprobar los parciales, y conseguir un novio. Quizá había problemas graves, pero se los trataba con humor y esperanza.
"Tengo mucho tiempo libre porque estoy desocupada, así que podemos arreglar para
salir cuando quieras. Todavía no encontré nada, pero seguro con el título todo
será diferente y lo haré".
El tiempo fue pasando y en cuestión de años ese candor se pierde. Los mails se vuelven más sombríos y si hay humor es con un dejo de ironía, triste ironía.
Si se lee detenidamente uno se da cuenta de la metamorfosis del ánimo a través de la escritura, del pasaje de la luz a la oscuridad, de los ventipico más cerca de los veinte a los veintipico bordeando ya los 30."Ya no me aguanto más, el tiempo me sobra, no sé que hacer. A veces me pregunto
para que mierda elegí estudiar, capaz que si no lo hacía hoy estaba
mejor. Veo hacia delante y todo lo veo negro".
Los mails parecen más fríos que una carta, pero según quien los escriba pueden tener la calidez de un diario, de un registro detallado de nuestras vidas. Leer el archivo de mails es enfrentarse de cara al pasado, ver la persona que uno fue hace quizá no tantos años, y comparar con la que se es ahora. De lo que fuimos, sólo queda esas cartas en soporte informático.
1 comentario:
Guadalupe: muy buena observación de cómo lo escrito por nosotros nos refleja el estado de ánimo. Cambia todo cambia, a cada rato, a veces sin proponerlo. Buena vida.
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