viernes, 2 de mayo de 2008

Cruzando unas cuadras

Aparecía por las noches y por las tardes. Cuando uno menos lo esperaba lo veía llegar rápido, con las manos en el bolsillo, mirando el piso. Interceptaba a la salida del supermercado, de la verdulería o cuando ya cerca de la medianoche uno bajaba a abrirle al delivery de la pizza. Sus ojos oscuros de mirada inocente hacían imposible tener el coraje suficiente para decirle que no. Es que tampoco nadie podría decirle "NO", porque ¿quién puede decirle que no a un niño de no más de 13 años? ¿Quién puede decir que no a un chico de 13 años que mira suplicando y con la dignidad intacta? Es que sus ojos intimidaban desde la vergüenza que generaba en todos, por más que ninguno de esos "todos" fuera culpable. Pero era imposible mirar a otro lado, y menos cuando se acercaba con respeto, miedoso aunque seguro y pedía un pedazo de pizza o una empanada. Muchas veces quisieron darle la pizza entera, pero él se iba dando las gracias y con la porción en la mano. No la comía toda aunque sí la transportaba con cuidado.

Siempre llevaba una camisita a cuadros y un jogging, fuera invierno o verano. Y la raya al costado en el pelo, perfecta, daba la pauta de que como todo adolescente pasaba horas frente al espejo para tratar de estar a la moda. Es que de verdad él era un nene hermoso.

Lo que empezó como algo excepcional terminó siendo común y todos esperábamos encontrarlo de un momento a otro, a la vuelta de cualquier esquina. A veces al cruzarnos simplemente saludaba. Otras preguntaba qué había uno comprado en lo de Alberto, y no esperábamos que preguntara más: directamente le dábamos 4 o 5 manzanas, o mandarinas.

Lo curioso es que todos lo conocíamos en el barrio, pero nadie sabía nada de él. Nadie le había preguntado nada.

Una noche lo encontré en la puerta del mercado. Ya como parte del ritual que se había establecido abrí la bolsa para darle algo.
- ¡Gracias! Para mis hermanos...

- ¿Y tenés muchos hermanos vos?

- Somos 5.

- ¿Vivís por acá?

- Por allá, cruzando, unas cuadras para adentro, en una pieza- dijo mientras señalaba con su dedito la avenida que separaba Barrio Norte de Once.

Pude averiguar que se llamaba Diego, "por el Diego", como aclaró con orgullo. Lo crucé varias veces más y me siguió contando. Su mamá cosía para afuera cuando tenía trabajo, él era el mayor, del papá no tenía noticias y como era el hombre de la casa tenía que cuidar a sus hermanos, la menor de un año. Iba a la escuela de la calle Larrea y su mamá lo mataría si se enteraba que pedía cosas en la calle, pero él tenía que ayudar de alguna manera porque la habitación del conventillo estaba cada día más cara. Aprovechaba cuando la madre no estaba para salir y después darle algo a los hermanitos. Y ella nunca se enteraba.

Un día no apareció más. En el barrio piensan todos que deben haber conseguido una pensión más barata, o que quizá la madre lo descubrió y no lo dejó volver a salir. Pasaron unos años, pero algunos seguimos esperando encontrarlo de imprevisto a la vuelta de cualquier esquina.

1 comentario:

Alexa dijo...

Hermoso Guada...que lindo esta el blog! te felicito.....
Alexa.