Pesadumbres del barrio que ha cambiado... Pompeya conserva quizá en algún lugar los zanjones y pastizales (difícil saber si con alfalfa porque las bolsas de basura los cubren todos), pero ya las luces de los almacenes no iluminan las veredas. Es raro encontrar en Pompeya un almacén abierto mucho más allá de las siete de la tarde. Tampoco es común encontrar gente esperando en las veredas. Las calles de Pompeya se han vuelto desoladas, más aún que la nostalgia del tanguero que recordaba el beso de su amada flotando en el adiós. La gente vive tras las rejas, y la paranoia colectiva se adueñó del barrio: "No te metas por los pasajes", "Sólo podés transitar tranquila por la Avenida. Sáenz", "Cuidado al tomar el colectivo", "No te acerques al puente Alsina".
El paredón cada vez más oscuro se cubrió de chicos de seis años como mínimo fumando paco, viendo pasar el tren y la vida frente a sus narices. Se sientan con la espalda apoyada en las paredes de las fábricas ya abandonadas casi todas y sus ojos se pierden en el corto horizonte del barrio, envueltos en el humo tóxico que sale ahora no de las chimeneas sino de sus propios cigarrillos. Otros cuelgan medio cuerpo por sobre la reja que separa el terraplén de la vía. No miden el peligro, porque estos chicos ya no juegan al balero como los de antes. Estos chicos ya no juegan.
Pompeya, barriada humilde de trabajadores es ahora también una zona marginal. Familias sin techo tomaron las fábricas abandonadas, los asentamientos urbanos florecen donde alguna vez supo crecer la alfalfa y la villa que se ubicó en el límite con Barracas no para de aumentar de tamaño con cada crisis. Más que de obreros, Pompeya es un barrio de desocupados en el que recayeron inmigrantes que trabajan para algún explotador por dos pesos la hora.
Al olor hediondo del Riachuelo que se esconde tras los paredones se suman las otras inundaciones no menos hediondas de las calles sin cloacas, de las aguas estancadas que quedaron en algunas calles de tierra luego de la última tormenta, de las mangueras de las casas pobres que refrescan a los niños que se pasean en short y musculosas ajadas durante el verano.
Los fines de semana las calles se pueblan de ferias. Uno camina por Pompeya y de a poco ve como el paisaje va deteriorándose hasta llegar a un limbo entre la ciudad asfaltada y la villa de tierra. De a poco se adentra uno, sin darse cuenta, porque el deterioro es de a poco también. Y en esos lugares de transición, bajo la sombra de algún edificio fabril raído por el tiempo, se forman las ferias donde los vecinos nuevos conservan los lazos comunitarios de los vecinos de ayer. Pastelitos por un peso, medias por cinco, chipá por dos... De todo se vende en las ferias y hasta aceptan el trueque en muchos casos.
Herreros quedan poco, porque los oficios se fueron perdiendo. Pero la esquina sigue siendo un lugar clave de encuentro. Eso sí, hasta que la luna aparece ya que la gente corre enseguida hacia adentro de sus casas. Como antaño, las estrellas iluminan Pompeya porque el alumbrado público casi no existe en el sur. Los cielos perdidos y las nostalgias abundan en el barrio de tango; sin embargo en los batones gastados de algunas vecinas charlatanas y en las tardes de bar pasadas de alcohol de los hombres el viajante puede ver que todo ha muerto... y no.
4 comentarios:
Viajo con tu lectura, cada palabra que escribís destila nostalgia y reflexión. Muy lindo Guadalupe. Saludos.
Hola Guada..hacia muchos dias que lo veia al blog...esta hermoso....
Alexa.
Gracias, chicos!
Es así, no hay por qué idealizar lo que tenemos en común. Lo que sí, es raro que estas historias en común haya que rastrearlas en el ciberespacio...
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